Viaje a África
Publicado el 04.11.2014 y traducido el 14.07.2026 Conto · Hetero de Juliana 10 min de lecturaQuiero contarles una historia que seguramente les agradará a todos por lo insólito que tiene.
Todo empezó cuando mi marido y yo planeamos un viaje a Sudáfrica. Como una pareja de amigos nuestros había regresado hacía poco de aquel país, los invitamos a cenar para que nos contaran sus experiencias por allí. Trajeron muchas fotos y un video para enseñarnos. Mi amiga M. me recomendó que prestara atención al negro que iba a aparecer enseguida en el video. Al poco rato surgió en la pantallita un negro enorme y ella me contó que se trataba de un bello ejemplar de la tribu Watusi. Sin duda alguna, aquel era un pueblo privilegiado, no solo por la altura y el porte, sino también por la belleza de sus hombres y mujeres.
Cuando terminó el video, M., con el pretexto de echar un vistazo al guardarropa que yo llevaría en el viaje, subió a mi habitación para contarme la historia del Watusi.
Su marido, según me dijo, quería verla poseída por un negro superdotado. Uno de los motivos del viaje había sido realizar esa fantasía. Yo me sentí cohibida con lo que me decía. Jamás imaginé que ellos pudieran hacer algo así. Y me lo contó todo, con pelos y señales. Todo aquello me dejó impresionada y —¿por qué no reconocerlo?— curiosa y excitada. M. hablaba y yo iba poniéndome mojada, con un calor que se apoderaba involuntariamente de mi sexo. Yo misma no entendía por qué reaccionaba así, porque hasta entonces solo había deseado a mi propio marido. Nunca había mirado a otro hombre. Posiblemente había sido algo a causa de la historia que acababa de oír. Posiblemente...
La víspera de nuestra partida, M. me trajo un sobre diciendo que contenía toda la información por si, por casualidad, yo quisiera conocer al tal negro. Y, si lo hacía, que le dijera que ella no lo había olvidado —y más aún, que eso jamás ocurriría el resto de su vida. Yo le dije que no quería hacer eso. Ella insistió en que me lo llevara, por si acaso... Una vez allí, era muy probable que cambiara de opinión y me arrepintiera.
Ante su insistencia, y para dejarla tranquila, tomé el sobre con manos temblorosas y lo guardé. En el avión, abrí el sobre y encontré una foto del Watusi y todas las instrucciones de cómo encontrarlo, además de una foto de mi amiga dedicada a él. Sentí que algo me empujaba hacia aquel encuentro. Por más que quisiera apartar ese pensamiento de mi cabeza, iba adueñándose de mis deseos y aumentando mi curiosidad.
Uno de los programas de nuestra excursión estaba previsto para el día siguiente: una visita a una de las reservas. Le dije a mi marido que prefería no ir, sino quedarme descansando para luego ir de compras. Tuve que insistir para que fuera sin mí y así tendría unas 15 horas de libertad. En cuanto se fue, busqué un guía que me llevara hasta el pueblo Watusi. Por fin me había decidido a encontrar a Lao-to, el negro. Me sorprendió el precio que me cobraba y el tiempo que tardaría: cuatro horas de ida y otras tantas de vuelta. Casi desistí. Pero la curiosidad habló más fuerte y me convencí de que me arrepentiría el resto de mi vida si no iba a conocer a Lao-to. En menos de media hora ya estaba en el jeep rumbo a su encuentro.
Es indescriptible el suplicio de aquel viaje. El camino —si es que puede llamarse camino— era pésimo y el vehículo absolutamente incómodo. Antes de la mitad del trayecto ya me reprochaba aquella decisión insensata. Pero era tarde y no me quedó más remedio que resignarme y seguir adelante. Horas después, por fin llegamos a aquel pueblo enclavado en la selva. Mi primera impresión fue maravillosa. Tuve mucha suerte y aquella gente era en realidad aún más alta y hermosa que en el video.
La gran mayoría hablaba inglés, así que no tuve problemas para comunicarme y menos aún para localizar a Lao-to. Una de las hermosas mujeres me miró, sonrió y me preguntó por qué quería conocer a Lao-to. Le expliqué que llevaba un recado de una amiga para él y le mostré la foto de M. La reconoció y enseguida comentó con malicia: “Tú también quieres conocer a nuestro To-tem. Le gustan mucho las europeas como tú. Ven conmigo, veremos si está disponible.”
La seguí hasta dentro de una de las tiendas y por fin vi al famoso Lao-to, tendido sobre una estera al lado de dos mujeres que lo acariciaban. Al verme, las apartó y vino todo sonriente hacia mí. Quedé completamente paralizada. Segundos después, le entregué la foto de M., ya que no sabía qué hacer. Se la di y exclamó: “¡Bella, bellísima mujer!” Y se encargó de posar sus enormes manos sobre mis pechos, apretándolos y sonriendo: “Tú eres mucho más bella que ella y serás mía ahora.”
Y, uniendo la acción a la palabra, me arrancó la blusa. Sus amigas acudieron a ayudarlo y en instantes, antes de que pudiera siquiera esbozar una reacción, yo estaba desnuda. ¡Completamente desnuda! Sus manos recorrieron mi cuerpo y uno de sus dedos penetró hondo en mi vagina. Luego lo retiró, se lo llevó a la nariz, después a la boca y lo chupó, golosamente. Las mujeres rieron. Entendí que se trataba de una señal de aprobación, ya que me arrastraron hasta una extraña silla y, solo después de estar acomodada, me di cuenta de que era una especie de silla de sacrificio.
Una de las mujeres derramó sobre mi cuerpo un líquido viscoso, parecido a la miel, pero morado y con olor a anís, y me embadurnó por completo. Me sentía inmovilizada y, peor aún, completamente abierta. Mis piernas estaban sujetas y al mismo tiempo abiertas al máximo. Me untaron incluso dentro de la vagina, lo que me hizo sentir un calor inmenso. Aquello formaba parte del ritual, ya que el líquido fue recogido en una palangana, transferido a otro recipiente y ofrecido a Lao-to, que lo probó a través de una gruesa e inmensa caña de bambú.
Lo probó y, por lo visto, lo aprobó, pues enseguida lo escondió bajo su túnica. Pocos instantes después, dijo algunas palabras en su idioma y una de las mujeres le quitó la túnica a Lao-to, dejándome ver el bambú que le vestía el sexo. Las mujeres intensificaron los masajes con aquella sustancia morada en mi sexo y me dieron a oler la cosa más fea y fuerte que jamás había probado, y vertieron el resto de la miel dentro del bambú de Lao-to.
Su rostro y su respiración empezaron a transformarse, mientras las mujeres cantaban y decían cosas que yo no entendía. Una orden repentina de él restableció el silencio dentro de la choza. Entonces comenzó a retirar el bambú y fue apareciendo una verdadera serpiente cubierta con la miel morada. Una de las mujeres tomó el bambú y terminó de bajarlo. Aquello seguía y seguía, no dejaba de salir de dentro del molde. Hasta que por fin quedó libre y se acercó a mí balanceando aquel miembro indescriptible. Lo apoyó sobre mis pechos y, después de embadurnarlos bien, bajó hasta mis muslos, colocándose sobre mis piernas abiertas. Las dos mujeres tomaron su miembro caballar y comenzaron a rozarlo contra mi vulva. Durante largo rato fui azotada por aquel tronco.
Otra orden suya y ellas volvieron a embadurnar mi vulva con aquel líquido viscoso. Luego colocaron la cabezota del miembro justo en la entrada de mi vagina. Lao-to sujetó el cuerpo de la polla con las manos y soltó un grito grave y prolongado antes de esconder parte de su colosal miembro dentro de mi vagina.
La impresión fue mucho más fuerte que el dolor que sentí. No podía imaginar que hubiera acogido más de la mitad de aquello dentro de mí. El dolor que debía estar sintiendo era seguramente mayor que el que realmente estaba soportando. Sin duda debía de ser el efecto de aquella extraña miel. Había mucho más placer que dolor en aquel instante. A cada embestida, mi vagina dejaba escapar chorros de miel. Mis entrañas eran empujadas hacia dentro, mi útero era agredido, pero no había dolor, solo una sensación de taponamiento y un placer alucinante.
Cuando Lao-to quitó una de las manos de su polla, yo ya tenía más de 20 cm dentro de mí y otros tantos fuera. El placer que experimentaba no era de este mundo. Me corrí y grité durante mis orgasmos como una loca. Lao-to sonreía y me la metía cada vez con más fuerza. Puso las manos sobre mis pechos y los apretó con furia cuando sentí que su leche brotaba dentro de mí. Jamás experimenté semejante cantidad de esperma inundándome por dentro. Cuando por fin empezó a salir de mí, no sé cómo tuve fuerzas para mantenerme lúcida. Él iba sacando aquella monstruosidad y yo seguía deshaciéndome. Cuando la apoyó en mi rostro, la besé, la lamí, la mordí como una posesa y terminé llorando histéricamente. En ese instante descubrí por qué M. no había olvidado a aquel hombre y su experiencia con él. ¿Quién podría olvidar un falo de 34,9 cm?
Antes de bajar de aquella silla, las dos mujeres volvieron a acercarse a mí y me sometieron a un nuevo ritual. Tomaron una hoja, la enrollaron como un cigarro y la introdujeron en mi vagina. Después colocaron otra como una compresa, doblada en dos, y me pusieron una braga. Dijeron que tenía que llevar aquello durante doce horas o sufriría las consecuencias del taca-luei.
Mi tiempo se agotaba. Tenía que irme y se lo dije a Lao-to, añadiendo que algún día volvería a verlo.
Cuando llegué de vuelta al hotel, hacía apenas unos minutos que mi marido había regresado. Parecía excitado y me contó que yo me había perdido una excursión maravillosa, que había sido una pena no haber ido y que, cuando viera las películas, me arrepentiría de verdad. Pobre, si supiera que acababa de hacer el mayor paseo de mi vida. Jamás sería capaz de cambiar a Lao-to por una excursión programada. Divagaba sola cuando de repente me quedé helada. Recordé que todavía tenía las hojas y el semen del negro dentro de mi vagina. Corrí al baño y, cuando me bajé la braga, me acordé del tal taca-luei. No sabía qué era, pero temí que pudiera pasar algo y volví a ponerme la braga. Lo curioso es que ni siquiera tenía ganas de orinar. Por suerte, mi marido estaba bastante cansado y se durmió en cuanto apoyó la cabeza en la almohada.
Pasé toda la noche despierta y, cuando se cumplieron las doce horas, me quité la braga y saqué la hoja de fuera. Cuando intenté sacar el “cigarro”, casi me desmayo: no estaba allí. Palpé con el dedo y nada. Se había disuelto dentro. Solo el fuerte olor del semen de Lao-to invadía mis narices. No pude controlarme y me masturbé furiosamente. Cuando estaba a punto de correrme, mi marido se despertó y extrañó mi comportamiento. Quiso ayudarme y se apresuró a taparme. Aquel fuerte olor no le pasó desapercibido. Preguntó qué era. Le respondí que quizá estuviera menstruando, que saliera porque iba a ir al baño. Me duché y terminé lo que él había interrumpido. Cuando volví a la cama, mi marido roncaba como un ángel.