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¡Doña Xepa, Doña Puta!

Publicado el 04.11.2014 y traducido el 14.07.2026 Conto · Hetero de Dona Xepa 9 min de lectura
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Después de 10 años de casados, 2 hijos bien criados y mucho esfuerzo en la vida, conseguimos construir nuestra casa en un barrio relativamente noble de São Paulo. Aquello era el sueño de nuestra vida, sin duda; la casa era estupenda, grande, cómoda y representaba el estatus que siempre soñé. Me cansé de traer amigas para lucirme, invitándolas a tés de la tarde u otras reuniones que, en el fondo, eran pura futilidad. Todo iba muy bien, la rutina era simple: me levantaba temprano para arreglar a mis hijos y a mi marido, que los llevaba al colegio, del cual regresaban solo al final de la tarde. Lo único que me fastidiaba era la feria de los miércoles, justo enfrente de casa; por cierto, el único error nuestro al elegir el terreno, aunque imprevisible para la época. De este modo, con la rutina ya establecida y con la feria ocurriendo todos los miércoles, ese era el único día en que, después de mandar a mis amados a sus quehaceres, la nueva y chicísima ama de casa aquí no podía volver a la cama tras las obligaciones matinales. Bueno, para la feria no voy, pensaba yo, ¡no me mezclaré con esta gente! Lo máximo que me atrevía a hacer era ir hasta el portón a recoger el correo. Fue ese acto inocente y despretencioso el que ocasionó todo. En una de esas ocasiones me descuidé y fui a recoger la correspondencia con ropa, digamos, más íntima. Tampoco nada escandaloso, apenas un shortcito y una camiseta, sin sujetador y en chanclas. Caramba, estaba en mi derecho; a mitad de camino vi al tipo mirándome, un muchacho, vendedor de naranjas que siempre gritaba sus ofertas. Ya no podía volver atrás, significaría asumir la vergüenza y, por el aire arrogante de aquel feriante, sería entregarme ante él. Puse una cara todavía más arrogante y seguí rumbo al buzón. Aunque no lo miraba directamente, sabía que me estaba mirando; no soy ninguna miss, sobre todo después de mis dos hijos. Pero mantengo mis 60 kilos con 1,68 de altura, tengo un trasero grande y pechos razonables. Perdí en arrogancia frente a él, sentí que me ruborizaba, incluso antes de que él, sujetando displicentemente la naranja que chupaba con una mano y con la otra llevada debajo de la cintura (allí mismo), soltara aquel silbido asqueroso y me llamara “¡señora rica, qué buena estás! ¿Te doy una chupadita?”. Aquello era demasiada insolencia; recogí las cartas y me di la vuelta de golpe. Peor. “¡Qué rabo tan delicioso!”, fue lo que oí... apuré el paso de regreso. “Eso, corre a ponerte el sostén, buenorra...”... ya se había dado cuenta. “¡Si quieres, deja la cortina abierta para que te vea...!” fue la última y definitiva indecencia que escuché. Pasó una semana y volvió el miércoles. Cuidadosa y decentemente me vestí y fui a recoger el correo. Él no estaba; en realidad, todavía no había oído sus gritos. Cuando llegué al portón apareció: “¡Qué susto!”, le regañé, pero él se disculpó amablemente y fue más allá: me dijo que estaba arrepentido de haber dicho aquellas cosas y se disculpaba copiosamente. Yo ya estaba dejando todo pasar y volviendo con las cartas cuando me dijo todavía: “acepte esta cesta de frutas como forma de... al menos buena vecindad”. La acepté; era una cesta fina, con frutas exóticas, avellanas, damascos, nectarinas, uvas Italia, muy bonita de verdad. La acepté sí, al fin y al cabo no había nada de malo para una señora distinguida como yo en aceptar aquella cesta fina. Al darme la vuelta para regresar, sin embargo, él bajó amablemente el nivel; con una voz de pillo y medio bajito... “pero si quiere dejar la cortina abierta...”. Qué muchachito más insolente; fingí no haber oído. En mi cama todavía desarreglada me senté y empecé a deleitarme con las frutas... no se olvide de la cortina, peras sabrosísimas... cortina abierta..., nectarinas jugosas..., qué muchacho tan atrevido. Lo espié por la cortina. Era guapo, sin duda, un bigotito fino, demostrando sin vergüenza en la mirada, en la forma de hablar, en la manera de andar, en todo. Me quedé así... no interesada en él, sino curiosa. La semana siguiente el asunto me vino a la cabeza varias veces. Justificar la cesta ante mi marido no fue difícil; de hecho, jamás sospecharía de un feriante. La imagen de él con su mono y sin camiseta (uniforme del muchacho; todos los miércoles lo veía así, dando la impresión de que el mono nunca se lavaba) vino a mi cabeza el jueves, el viernes, el sábado... y en todos esos días junto con recuerdos de la realidad de mi cotidiano; era una ama de casa solitaria, mi marido muy dedicado al trabajo, pobrecito, incluso por mi culpa, al fin y al cabo yo literalmente lo presionaba por mayores ingresos, por mejores condiciones de vida, pero la verdad es que ya faltaba un poco en la cama. En fin, un montón de cosas juntas, y el próximo miércoles iba a llegar. ¡Y llegó! Después de librarme de las tareas matinales, allí estaba yo sola en casa, todavía en pijama y con aquella frase en la cabeza... “si quieres dejar la cortina abierta...”. No la abrí, pero tampoco la dejé totalmente cerrada, solo una pequeña rendija para espiarlo. Parecía que ya lo sabía y ya estaba allí, estratégicamente colocado, chupando una naranja y con una mano sujetándose el nabo. Dios mío, pensaba yo, qué estoy haciendo... y abrí un poquito más la cortina... ¡no puedo!... y la abrí un poco más... ¡estoy casada!... y quedé expuesta por completo... soy una señora distinguida... y empecé a tocarme con él mirando... soy una dama, nunca traicioné a mi marido... y le mostré los pechos... ahí se desbocó... él, sigilosamente, saltó al jardín de mi casa y se escondió detrás de un arbolito, pudiendo verme enterita, tendida desnuda en la cama... con las piernas abiertas de par en par y masturbándome como una adolescente. Qué situación, yo, 32 años, dos hijos, mujer de un solo hombre allí, desnuda, peladita de verdad, abriendo a hurtadillas la ventana de mi cuarto para que él entrara. “¿Él quién, tu marido?”, me imaginaba yo preguntando a mis amigas, ¡no, un feriante! Me imaginaba respondiendo, ¡qué vergüenza! Pero el morbo fue mucho más fuerte, agarré a aquel hombre que olía a perfume barato, sentí su piel sudada, besé su boca con sabor a naranja, me froté entera contra él, le arañé la espalda, le quité la ropa sin vergüenza, un deseo incontrolable me consumía y no veía fin a aquello. Él solo dejó que fluyera; lo que presenciaba era a una putita desvergonzada entregándose sin ninguna resistencia. Llegué sin dificultades a su polla. La agarré con la mano, mejor dicho, con las dos, porque pequeño no era. Él y yo estábamos desnudos; el único cuidado que tomé fue volver a cerrar la ventana y nada más. Con su polla en la mano hice ademán de metérmela en la boca y él se apartó: “si quieres chupar, ¡vas a tener que pedirlo!”. Qué descaro, qué arrogancia... pero qué delicia; no solo lo pedí, sino que supliqué: “déjame mamar rico este carajo duro, hijo de una puta”, no creía lo que estaba diciendo. “¿Cómo? ¿Qué oí? ¿Quieres chupar, puta sin vergüenza? ¡Ruega de cuatro!”. “déjame chupar este mástil, déjame, por favor, deja que esta puta te chupe”. ¡Quién lo diría! Lo que pasó a partir de ahí fue pura ordinariez; yo, que siempre hice el papel de señora distinguida, de dama respetada, tuve que humillarme varias veces para sentir el placer de aquel hombre. Me abrí de par en par como nunca lo había hecho para recibir su verga en mi concha, me puse de cuatro, recibí nalgadas (suaves, para no marcar), fui insultada y acepté por completo mi condición de zorrón. Me dio azotes en la cara, ¿te lo imaginas? Dos cosas no hice; ni siquiera sé cómo no me entregué, pero no dejé que me penetrara sin condón (¡el muy cabrón había traído un paquete en el bolsillo!) y tampoco dejé que me comiera el culo. No porque no quisiera, porque con mi marido siempre hice anal, pero qué sé yo, fue un resto de dignidad que conseguí preservar. Pero no crean que no recibí una buena tunda en la cara, al estilo de las películas porno más duras. Fueron unas tres horas de putería, y orgasmos y más orgasmos, gritos que nunca imaginé dar (todos debidamente ahogados por las sábanas y las almohadas) y palabrotas que nunca imaginé pronunciar. Aturdida después de esas tres horas y viendo a aquel macho demoledor de mujeres casadas vestirse, pregunté... “¿quién quedó en tu puesto?”... “la semana que viene lo sabrás”. En el momento no entendí y lo dejé pasar. Él se fue y yo me quedé allí toda destrozada. El primer sentimiento que vino fue de arrepentimiento total: cómo yo, precisamente yo, pude haber hecho aquello. El segundo fue el miedo: y si alguien vio algo (difícil, concluí enseguida), y si mi marido descubre (imposible después de que yo limpiara todas las pistas, ¡9 condones!), el tercero fue el mejor: pasó, no podré cambiarlo, no amo a mi marido ni a mis hijos menos por eso y, sobre todo, fue demasiado bueno entregarme así, desvergonzadamente, a un desconocido. Los demás días de la semana pasaron entonces entre la satisfacción y el arrepentimiento. La única follada semanal que tengo con mi marido fue muy buena, me solté más, grité más, él incluso se asustó: “los niños van a oír”. Me masturbé todavía unas tres veces pensando en el feriante. Llegó otro miércoles y me acordé de “la semana que viene lo sabrás”. Él ya esperaba en el patio, pero no estaba solo; tenía a un amigo a su lado, todavía más guapo que él. ¡Qué descaro! Pensé, juro que pensé en no abrir la cortina y olvidarlo todo, ¡pero no pude! Minutos después estaba yo de cuatro, dándole a otro desconocido. El feriante volvió a la feria después de presentarme al tipo, ni siquiera recuerdo el nombre. Me follaron como a una perra otra vez, quedé toda chorreando de semen de nuevo. Semana tras semana, todos los miércoles, es el día en que la dama se transforma en puta. Y lo hago sin la menor ceremonia; mi marido ni se imagina. Ya perdí la cuenta de cuántos hombres me han comido, pero ya he tenido situaciones de estar con tres al mismo tiempo. El feriante de vez en cuando viene; él es quien manda en la fila. ¡Doña Xepa es la mujer de la feria, doña puta soy yo!

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