La ejecutiva que se volvió stripper
Publicado el 04.11.2014 y traducido el 14.07.2026 Conto · Hetero de Juliana 6 min de lecturaCuando me separé de mi marido, después de seis años de casada, sentí una enorme sensación de libertad. Claro que en los últimos años del matrimonio ya me escapaba de vez en cuando para romper la rutina. Vivíamos en una ciudad pequeña del interior y todo era muy difícil. Había que tener muchísimo cuidado, muchísima discreción. Ahora, libre otra vez, podría vivir las nuevas experiencias sexuales que mi cuerpo tanto ansiaba. Como no teníamos hijos y siempre fui económicamente independiente, la separación fue sencilla. En cuanto pude, me mudé a São Paulo, donde conseguí un trabajo de medio tiempo en una agencia de publicidad. Incógnita en la gran ciudad, con medio día libre, reuní valor para cumplir mi gran fantasía: trabajar haciendo striptease.
Elegí un viejo cine del Centro, que ya no pasaba películas. Era un show de striptease continuo, de la tarde hasta la noche. Hablé con el gerente y él, después de mirarme de arriba abajo con atención, me contrató.
Modestia aparte, la verdad es que estoy para no dejarla pasar. A los 27 años, tengo un cuerpo perfecto. Soy menudita, bien proporcionada, con pechos firmes y pezones grandes y oscuros, muslos gruesos y duros y un culo grande y respingón, que vuelve locos a los hombres. Cara de niña, con el pelo rubio y liso, ojos azules almendrados y una boca roja y carnosa, todo ayuda a llamar la atención masculina. No es de extrañar, entonces, que el gerente del local me contratara para empezar al día siguiente. El sueldo era una miseria, pero no importaba, no estaba buscando solo dinero.
Confieso que estaba nerviosa el día de mi debut. El antiguo cine había sido adaptado. Ahora había un pequeño escenario y una pasarela, en medio de las butacas del público, para que las chicas desfilaran. Mis nuevas compañeras de profesión me dieron algunos consejos y yo, por fin, salí al escenario al ritmo de una canción de Madonna. Llevaba un vestido largo, plateado, muy escotado y con una abertura enorme, por la que lucía mis piernas. El público aplaudió bastante cuando entré en escena, lo que aumentó mi confianza. Lentamente, siempre contoneándome mucho, me quité el vestido. Primero, abrí el cierre de la espalda y dejé deslizar la parte de arriba, dejando al descubierto mis dos pechitos, todavía cubiertos por un sujetador de encaje blanco.
Después, dejé que todo el vestido cayera al suelo. Llevaba una tanguita, también blanca, metida entre el culo y tan pequeña que algunos pelitos se escapaban por fuera. Era hora de enfrentarme a la pasarela. Vestida solo con el sujetador, la tanga y los zapatos de tacón alto, empecé a caminar y a menear el culo en medio de aquellos brazos levantados, que tocaban mis piernas, mis muslos, ávidos, queriendo más.
A veces, contoneándome, flexionaba las rodillas, acercando mi culo a aquellas manos. Y ellos aprovechaban, apretaban los dedos contra mi chocha, intentaban meterse por debajo de la braguita. Esta ya estaba empapada, escurriendo un líquido por mis muslos, ensuciando las manos de aquellos hombres.
El público enloqueció cuando bajé del escenario. Parte del show consistía en pasearme entre las butacas y sentarme en el regazo de algunos espectadores. Yo, golosa, les palpaba los bultos por encima de los pantalones, sintiendo todo aquel calentón solo para mí. Me senté en el regazo de varios, sintiendo el olor de los machos excitados a mi lado. Mientras movía el culito, ellos trabajaban con las manos, apretándome los pechos. Los pezones durísimos querían atravesar el sujetador. Me pasaban la lengua por la oreja, llamándome rica y puta. Pero quien más me llamó la atención fue un muchachón alto y fuerte, que no parecía tener ni la edad necesaria para entrar en aquel lugar. Me senté en su regazo y, mientras sus manos recorrían mi cuerpo, fui terminando el striptease. Me quité primero el sujetador y, después, muy lentamente, la braguita mojada. Con un lanzamiento perfecto, se la tiré a este chico. Él atrapó la prenda íntima al vuelo y se la llevó a la nariz para sentir el olor de mi calentura. Entonces, me tumbé en el escenario y abrí completamente las piernas, mostrando la chocha carnosa y rosada, con el vello muy bien recortado.
¡Sentir aquellas decenas de ojos masculinos clavados en mi agujero era una sensación maravillosa! Luego me di la vuelta, quedando a cuatro patas, ofreciéndole al público la vista de mi culito. Para terminar, en una performance que no estaba prevista en el programa, me masturbé en el escenario, usando el tacón de mi zapato. ¡Fue una locura! Al día siguiente, allí estaba de nuevo aquel chico guapo, mirándome fijamente. Volví a sentarme en su regazo y a sentir aquella electricidad. Así fueron dos veces más. Hasta que, en mi quinto día de trabajo, me olvidé de todas las recomendaciones del gerente y de las compañeras y le susurré al oído que me esperara afuera.
Lo llevé a mi apartamento. Se sorprendió al ver a una stripper con un piso tan fino, de clase media. Pero eso no era lo que importaba. Le quité enseguida la ropa a mi chico, liberando una polla grande y palpitante, completamente tiesa. No pude resistirme y me fui de boca sobre aquella verga. Empecé pasando la lengua alrededor de la cabeza amoratada, en suaves movimientos circulares. Después, bajé a los huevos, que lamí por completo.
Él temblaba de placer. Entonces, me metí la polla en la boca, tragándomela casi entera, y chupé con entusiasmo. En poco tiempo, se corrió en mi cara un leche abundante que bebí con avidez. Solo entonces me quité la ropa. Fue el turno de mi gatito de chuparme. Me tiraba del clítoris con los labios, me metía la lengua en la chocha y en el culito, al mismo tiempo que me apretaba los pechitos. Yo gemía y gritaba de placer. Y quería más.
Lo tiré hacia arriba y me puse en posición de pollo asado, para ser penetrada por aquel mástil enorme. ¡Fue sensacional! Mi bomboncito se recuperó en poco tiempo y ya estaba de nuevo durísimo, rozando la cabeza de la polla en mi concha. Pero yo sabía lo que quería. Me di la vuelta y, con la mano, llevé el miembro hasta la entrada de mi culo. Sentí el glande atravesando mi anillo, luego la polla entera reventándome, hasta sentir los huevos golpeando mi culo. Aullé de dolor y de placer, haciendo un vaivén acompasado, hasta que me sentí una vez más inundada por su corrida.
Al día siguiente, por la mañana, mi chico todavía me cogió otra vez. Me quedé un mes más trabajando allí, hasta que la agencia de publicidad decidió pasarme a jornada completa. Durante ese tiempo, tuve otras aventuras interesantes con clientes, con el gerente y con mis compañeras. Pero guardé un cariño especial por aquel gato bien dotado.