Sufrimiento nada virtual
Publicado el 04.11.2014 y traducido el 14.07.2026 Conto · Hetero de Juliana 9 min de lecturaDurante mucho tiempo he estado intercambiando e-mails con un chico que conocí en la red. Empezó con una charla sentimental y terminó confesando que estaba buscando una mujer totalmente liberada sexualmente. Me mandó una foto de su miembro, que me habría impresionado si no me hubiera dejado asustada. La regla junto al pene indicaba 25 centímetros (y según él, 7,5 cm de diámetro). Como las otras fotos mostraban a un muchacho bien servido, me dio curiosidad y me moría por ver aquello en vivo, a pesar del miedo a exponerme. Quedamos en su casa.
Yo pensé que, con la presencia de sus padres, estaría segura. Llegué al condominio la mañana del último sábado, temiendo encontrarme con un farsante gordito y lleno de granos riéndose de mí. Fue muy distinto. Jota (apodo) llevaba shorts y camiseta y lucía el físico de las fotos. Pronto supe que solo tenía 18 años (en los e-mails ocultaba su edad). Aunque sabía que era un crío, necesitaba conocer el “equipo” de la foto.
Nos quedamos conversando en una zona de ocio del condominio. Con un poco más de intimidad, Jota empezó a elogiar mis formas, de una manera descarada, típica de adolescente espabilado. Yo me estaba mordiendo de curiosidad y no resistí mucho... Me reía de todo lo que decía y no reaccioné cuando apoyó la pierna en mí. En un instante estábamos besándonos, su lengua caliente descubriendo todos los rincones de mi boca. Con las manos exploraba mi cuerpo, tanteando mis pechos y mis muslos.
Pero no podíamos exagerar porque una niñera estaba paseando con el niño cerca de nosotros. Jota, con toda la desfachatez del mundo, me cogió la mano y me la metió dentro de sus shorts, sin dejar que la niñera se diera cuenta. Me pasé un buen rato recorriendo toda la extensión de aquella polla rígida, que apenas podía sujetar. Estaba loca por verla, admirarla, llevármela a la boca, recibirla...
Sin poder cumplir mis deseos, me conformé con masturbar aquel tesoro, haciendo que Jota gimiera bajito. Con cada movimiento me impresionaba más el tamaño descomunal de aquella vara y mi coñito ya se estaba derritiendo de excitación. Pasados unos diez minutos, el monstruo empezó a latir en mi mano, expulsando por fin un potente chorro de semen viscoso. Yo esparcí la baba por la polla de Jota, que se fue ablandando lentamente.
Saqué la mano de sus shorts y me la llevé a la boca para sentir el sabor del néctar de aquel muchacho ultra-dotado. Me quedé hipnotizada por el sabor almizclado en la boca y con la imaginación a mil. Entonces Jota me preguntó si quería conocer el resto del condominio. Totalmente dominada, le dije que sí y fui detrás de él. Pasamos por una cancha de vóley y llegamos a una de las piscinas. El tiempo estaba nublado y aquella zona estaba desierta. Nos detuvimos al borde de la piscina y empezamos a besarnos otra vez, yo rozándome con el enorme bulto que tenía Jota bajo la cintura.
Él se apartó y con habilidad me levantó la blusa. Encima del sujetador, empezó a morderme los pezones endurecidos, volviéndome loca. Apenas podía contenerme, cuando Jota interrumpió las caricias diciendo que necesitaba mear. Como tardaba mucho en volver y mi coño ardía de ganas de ser reventado por aquel coloso juvenil, decidí buscarlo. Enseguida encontré un vestuario. La puerta estaba abierta y fui entrando.
Me quedé deslumbrada. Jota estaba meando. Su verga, aun flácida, era gigantesca. No creía ser capaz de acomodarla entera en mi vaginita delicada. Me fui acercando para admirarla mejor. Sin mostrar sorpresa, Jota se giró hacia mí y, con un movimiento de cabeza, me pidió que se la chupase. Hipnotizada, caí de rodillas y me metí en la boca su pene caído, aún salpicando orina. Ni me importó.
Apoyándolo en la lengua, fui cerrando la boca despacio, intentando reanimarlo. Poco a poco, Jota fue endureciéndose, endureciéndose, y en poco tiempo ya no pude mantenerlo en la boca. Pasé a chupar solo la cabecita, sujetando con la mano lo que podía del resto. Mamaba con ganas, quería satisfacer al dueño de una polla tan imponente. Y también quería que me follara bien sabroso.
Autoritario, el crío me mandó quitarme la ropa. Protesté, pero no estaba en condiciones de negarme. ¿Y si se le ocurría no meterme aquella polla poderosa? Me quité toda la ropa, ensayando al final un striptease para dejarlo todavía más caliente. Su verga apuntaba hacia arriba, confirmando cada uno de los 25 centímetros de la foto. Jota elogió mi cuerpo, diciendo que era una mujer buenísima, que seguro había mucha gente queriendo follarme por ahí. Yo no escuchaba; solo pensaba en que me penetrara con su polla.
Entonces me dijo que me apoyara sobre el lavabo, dejando el culito al descubierto. Obedecí ciegamente, temblando al pensar en los estragos que me iba a causar. Por el espejo vi a Jota acercarse hasta prácticamente engancharse a mí por detrás. Sujetando su polla con la mano, frotó la cabeza de abajo arriba, esparciendo mis secreciones vaginales hasta el orificio anal. Estaba a punto de correrse solo de imaginarlo. Jota siguió jugueteando así durante unos minutos, aumentando mi deseo al extremo.
Ya estaba loca cuando la cabezota empezó a empujarme. Parecía imposible aceptar aquello dentro de mi coñito, aun lubricado. Cuando por fin iba a deslizar la punta de la polla hacia dentro, Jota se apartó, riéndose. En ese momento entraron dos tipos muy parecidos a él. Sin dejarme hablar, Jota los presentó como sus hermanos (uno de 16 y otro de 20) y dijo:
- Primero vas a tener que dárselo a ellos.
Los mandé a tomar por culo, pero los tres se reían; tenían pleno control de la situación. El menor se bajó los pantalones, revelando que el paquete era de familia. Era casi tan grande como el del hermano, solo que más fino. Después el mayor hizo lo mismo, dejándome con la boca abierta. Su picha era todavía más gruesa que la de Jota y la longitud debía de ser la misma, si no mayor. No sabía si salir corriendo o lanzarme sobre aquellos tres milagros de la naturaleza.
Jota me facilitó las cosas tirándose encima de mí, lamiéndome entera mientras su pene gigante me pinchaba por abajo. Su lengua rozando mis pechos, hombros y cuello me enloquecía y enseguida consiguió volver a ponerme en posición. El menor entonces tomó la delantera y apuntó la vara a mi culo. Antes de forzar la entrada, echó un paso atrás y pidió un condón al hermano. Yo gemía, necesitaba ser follada. El crío bien dotado empujó la polla contra mi culo, que no ofreció mucha resistencia. Comparado con los de sus hermanos, era fino, y entró fácilmente.
Pero era ansioso (con sus 16 años) y empezó a embestir muy rápido, haciéndome gritar. Decía:
- ¡Grita, zorra! ¡Di que mi polla está buena!
A pesar de su torpeza, el menor me reventaba deliciosamente, hundiendo la polla en mi trasero hasta pegar con los huevos. Me corrí dos veces. Pronto se corrió él y alivió el ardor de mi culito. Jota entonces abrió la ducha y me empujó bajo el agua tibia. Aquella agua corriendo por mi cuerpo aumentó mi fuego y lo agarré del brazo, pidiéndole que me comiera como fuera. Jota empezó a separarme las piernas, dejándome medio sin apoyo, y me metió la polla en medio.
Me helé al darme cuenta de las dimensiones de aquel pene precoz, que ya intentaba invadirme el coño, separando al máximo mis labios vaginales. Súper lubricada, acepté la penetración con cierta facilidad, a pesar del tamaño del visitante. Se movía despacio, debido a la posición, lo que era perfecto para acostumbrarme. El vaivén de aquella vara enorme me hacía morderme los labios, intentando abrir espacio para que Jota entrara más profundo. Rápidamente la sensación de placer se convirtió en una mezcla de llenura total y dolor. Sentía el vello púbico de aquel macho y sabía que su polla estaba muy dentro de mí, lastimándome el útero.
Percibiendo mi desesperación, Jota me pegó a la pared fría y me alzó, abriéndome del todo las piernas. Estaba a punto de ser reventada sin piedad. En una posición más adecuada, Jota empezó a follarme con fuerza, embistiendo con todo contra mi coñito raspado. Su polla destrozaba mis tejidos vaginales, me llevaba al cielo y luego me maltrataba. Yo gritaba:
- ¡Eso! ¡Aiiiiiiiii! ¡Fóllame! No. Ay. Fóllame. ¡Cómete este coñito apretado!
Y él comía, sin cansarse. Resistiendo el dolor, me corrí intensamente y dejé que Jota lo supiera, haciendo que acelerara todavía más el ritmo. Sus embestidas me destrozaban la vagina, haciéndome murmurar, pidiéndole que parara, pero yo quería más. Finalmente, después de dejarme hecha polvo, gritó que se iba a correr, sacó la polla y se quitó el condón, y me soltó en la barriga una cantidad impresionante de líquido viscoso. Yo caí anestesiada, casi sin sentido. Pude ver al hermano mayor mirándome y diciéndome:
- ¿Y yo, no voy a probar ninguno de tus agujeritos ricos?
Temblé solo de pensar en que otro más me reventara. Haciendo un esfuerzo por levantarme, agarré aquella polla monstruosa con la mano y empecé a pajeársela. Él protestaba diciendo que también quería follarme. Yo decía que no aguantaría. Para convencerlo, me incliné sobre su regazo y empecé un mameluco. Chupaba despacio, lamía de la punta al tronco, me tragaba los huevos, apretaba el saco. Él empezó a gemir y, acomodándose, me sujetó la cabeza. Su polla se frotaba contra mis labios y golpeaba el paladar.
- ¡Fóllame la boquita dulce, fóllamela!
Se olvidó del resto y empezó a embestir como si me estuviera comiendo. Podía sentir sus venas temblando, anunciando una riada de semen. Y fue lo que recibí. Eran chorros sucesivos, de semen espeso, pegajoso y abundante. Yo tragaba lo que podía y el resto se me escurría por las comisuras de la boca. Después del goce del hermano, Jota empezó a manosearme, intentando prepararme para más. Yo estaba dispuesta, pero no podría. Dije que mi madre iba a recogerme y que seguro ya me estaba buscando. Los tres se asustaron y me dejaron ir, no sin antes darles una chupadita simultánea a todos. Lo hice con gusto y, para ser sincera, aceptaría que me dieran por el culo otra vez. Queda para la próxima.