¡El sexo anal es lo máximo!
Publicado el 04.11.2014 y traducido el 14.07.2026 Conto · Hetero de Juliana 5 min de lecturaTengo 23 años y quisiera contarles mi experiencia con el sexo anal. Un día conocí a Pablo en el gimnasio al que voy por las noches. Durante el día trabajo en un hospital de la gran Porto Alegre (soy enfermera). Pablo es un bombón de 1,81 m y 94 kilos de puro músculo. Es un hombreón de esos a los que no se les puede poner ni una pega, de pelo y ojos castaños, también claros.
Empezamos a salir y, como vivo sola, dormíamos juntos y cogíamos desde el primer mes de noviazgo. Siempre fueron polvos normales, tipo sexo oral como preliminar y muchísimo coito vaginal. Pero a Pablo siempre le gustó pasarme el dedo por el culito mientras me follaba a cuatro patas o en posiciones que permitían acceder a esa parte de mi cuerpo, a la que yo siempre le había negado el placer por pensar que me dolería y, sobre todo, por miedo a una infección vaginal (en caso de que el compañero metiera el pene en la vagina después de ese tipo de coito sin cambiar el preservativo o sin limpiarlo bien).
Nunca rechacé las caricias que Pablo me hacía con el pulgar en el rabito. Y él no me había pedido ni insinuado que quería metérmela ahí. Hasta que un día salimos de la piscina de un club donde nadamos los sábados y fuimos al restaurante de la zona de las piscinas a almorzar. Yo iba en bikini, envuelta en una canga. Él, en bermudas y camiseta sin mangas. Unos tipos se quedaron mirándome y Pablito comentó:
- ¿Viste a los tipos cómo te miraban?
- Sí, ¿y tú no vas a hacer nada? -dije sonriendo.
- ¿Yo? No, la que no debería andar en pelotas por ahí enseñando ese culazo eres tú. -Y soltó una risita.
- Ah, o sea que soy una gorda y tengo un culazo, ¿eh?
- No, tú eres mi gatita y culazo, en el buen sentido, claro.
Seguimos almorzando y los tipos seguían mirándome. Cuando nos fuimos, pregunté:
- ¿Te gusta mi culito? -Poniendo cara de necesitada mientras él conducía.
- Claro. Cuatro de cada tres hombres sueñan con acariciarlo y comérselo.
- ¿Tú también sueñas con eso?
- La verdad, sí, pero sé que a ti no te gusta y no quiero forzarte.
En ese momento pensé que podía quedarme callada y no volver a tocar nunca más ese tema. Incluso podía esperar a que algún día él me convenciera de hacerlo, pero no, solté de golpe:
- ¿Por qué un hombre soñaría con comerse mi culito?
- Porque es la gran fantasía de nosotros.
- Mmm, no sé yo. ¿Ya te has comido muchos?
- La verdad es que no a todas las mujeres les gusta darlo, pero algunas ex sí que les gustaba y lo hice. Puedo decir que me gustó; es caliente, apretado... no sé, es muy rico.
- Debe doler, olvídalo, nunca voy a hacer eso. Puedes pasarme la mano por el rabito, pero no vas a comértelo.
Noté que estaba mojada y él con la polla dura. En el semáforo le agarré la polla y empecé a acariciársela. Él, sin reaccionar,
solo se estiró en el asiento y suspiró. De repente, me dijo que parara o se correría.
Cuando llegamos al garaje del edificio fui hacia él mientras descargaba el maletero; apoyé los pechos en su espalda y metí la mano por debajo, agarrándole la polla medio dura. Me giré y empezamos a besuquearnos; él me agarró los pechos, empezó a acariciármelos y a chuparme. Le mandé sentarse, me agaché, le abrí las bermudas y agarré aquel tronco. Empecé a hacerle una mamada deliciosa. Pablo se retorcía y yo seguía, frotándole la polla contra la cara, babeando y mirándole a los ojos. De repente, se abrió la puerta del garaje. Cogimos nuestras cosas y fuimos al piso. Llegamos y fuimos directos al cuarto. Tiré a Pablo en la cama y empecé a hacer un striptease al son de Red Hot Chili Peppers – Porcelan, que es bastante lenta. Me pasaba las manos por el cuerpo como si bailáramos juntos. Él me miraba y me tiró desnuda a la cama y empezó a lamerme desde la oreja hasta el coño. Me dio la vuelta e hicimos un 69 bárbaro. Después me penetró en misionero y follamos hasta que me puso encima de él y cabalgué hasta correrme.
Después, a cuatro patas, sentí que me pasaba el dedo por el rabito, metía la punta del dedo medio y lo hundía hasta la mitad. Preguntó si estaba todo bien; ni respondí, solo gemí. La sensación era nueva, un poco extraña, pero rica. Sentí que mi ano se acostumbraba a los movimientos de ida y vuelta, facilitando la penetración.
Entonces pedí:
- Amor, ¿intentas meter el Jr en mi rabito? -Jr era el apodo de su polla.
- Vamos, amor... inténtalo.
Sentí que la enorme cabecita rozaba y hacía presión en mi culo, como si empujara mi ano hacia dentro de la espalda y, de repente, como si rompiera una barrera, entró... ay, qué dolor. Un dolor fuerte, pero momentáneo. Después, unos segundos quieto, más movimientos de penetración, sentí más dolor y le pedí que parara. Después de unos minutos me pasé lubricante que usaba con mi vibrador y le pedí que me la metiera. Mi culo estaba medio abierto y sentí que entraba fácil hasta la mitad. Pedí un vaivén firme y lento... ¡Madre mía! ¡Fue muy bueno! Después de unos minutos empecé a sentir placer (no un orgasmo, pero un calentón enorme). Pablo me dijo que se iba a correr. Le pedí que se corriera en mi boca. Nunca había hecho eso en mi vida.
Pablo confesó que fue la follada más rica que nos habíamos dado.