Mi amigo bien dotado
Publicado el 04.11.2014 y traducido el 14.07.2026 Conto · Hetero de Júlia 13 min de lecturaMe llamo Júlia. Nunca habría pensado que algo así pudiera pasar. Soy una mujer a la que le gusta muchísimo el sexo, y no tengo muchos problemas para acostarme con mis novios e incluso con mis ligues. También soy muy abierta para hablar de sexo con todo el mundo. Amigos, amigas, primos, compañeros... Pero con Thiago no. Nunca me lo imaginé. Somos amigos desde hace 5 años, desde que entré en el curso técnico. Me gradué en el Curso Técnico de Informática. Vivo en Juiz de Fora y tengo 19 años. Después de que terminó el curso, seguí hablando con la mayoría de mis compañeros, incluido Thiago. Él también siempre fue bastante lanzado. Pero todo lo que decía sobre sexo siempre era en tono de broma.
He estado con varios chicos del CTU, llegué a salir con uno. Y fue el único con el que me acosté. No era tan popular, porque no soy una mujer maravillosa. Soy delgada, mido alrededor de 1,69 y soy pelirroja, con el pelo largo, aunque no muy lacio. Nunca me ha gustado mucho mi cuerpo, aunque tampoco es feo. Lo que más me gusta de mí son las piernas, que son fuertes, aunque no muy musculosas. Odio mis pechos. Me parecen muy pequeños. Hasta soy mona, aunque no soy ningún modelo de belleza. Nariz bien hecha, boca un poco grande, ojos despiertos, frente alta, pero llevo un aparato que durante cuatro años ha venido arruinando cualquier belleza que se pudiera encontrar en mi cara. Hay gente a la que le gusta, le parece mono. A mí me parece horrible.
Pero volvamos al tema. Los compañeros de clase siempre salíamos juntos, a veces a discotecas, pero sobre todo a bares. Bebíamos mucho. Yo no tanto. Pero tampoco puedo decir que bebiera poco. Éramos muy unidos y había cierta complicidad entre nosotros. No voy a detenerme a contar sobre los otros compañeros, porque no lo creo necesario. Pero nuestras charlas iban desde fútbol y coches, hasta los cotilleos y, obviamente, el sexo. Uno contaba sus aventuras del último fin de semana, otro hablaba de la película porno que había visto, o entonces había discusiones acaloradas sobre otros temas, como adulterio, sexo oral, etc. Las conversaciones sobre sexo no eran lo más frecuente del mundo, pero cuando ocurrían, era difícil dejarlas. Thiago hablaba normalmente sobre esos temas, no era ni muy tímido ni demasiado lanzado. Pero siempre decía una cosa en tono de broma: “Tengo una polla enorme, son pocas las que aguantan”. Todos nos moríamos de risa, porque era broma. Nunca le di mayor importancia a eso. Ni siquiera lo comenté con las chicas, cuando hablábamos entre nosotras. Pero al menos unas cinco veces recuerdo que dijo eso, con intervalos de tiempo bastante espaciados. Como dije antes, nunca le presté mucha atención a eso.
Mientras tanto, tuve varios novios, me acosté con mucha gente, probé muchas cosas. Me gusta muchísimo hacer el amor, desde mi primera vez, a los quince años, con mi segundo novio. Muchas opiniones cambiaron en mi cabeza, entré en la universidad, conocí gente nueva, salí mucho, viajé, etc. Y entonces ya habían pasado casi dos años desde que dejé el CTU. Seguíamos saliendo mucho. Como la última vez, la semana pasada, cuando fuimos a un barcito en un centro comercial del centro de la ciudad. No era una maravilla de barcito. Pero estaba muy lleno, porque quedaba cerca del Centro de Alimentación. Estábamos en mesas y sillas de madera, tomando cerveza, conversando y mirando el movimiento del centro comercial, que los sábados se llena. El grupo no estaba completo. Estábamos yo, Thiago, Letícia y Carlos, que son novios, y Vanessa. Hablamos mucho, vimos un videoclip de Michael Jackson que estaba pasando en la tele del bar, comimos dos raciones de buñuelos de bacalao y, como siempre, la conversación acabó en el sexo. En cierto momento, como no podía ser de otra manera, Thiago comentó otra vez sobre el tamaño de su herramienta. No le di mucha importancia, como siempre. Todas solo nos reímos bastante. Ya era un poco tarde y Letícia y Carlos se fueron, porque iban a prepararse para una fiesta de cumpleaños. Yo, Thiago y Vanessa nos quedamos hablando un poco más hasta que nuestra amiga se fue.
Yo también ya tenía ganas de irme. Solo iba a terminar la ración y la última botella de cerveza y Thiago me llevaría a casa, como siempre hace. Yo todavía no conduzco, y él, que es mayor, ya tiene carnet desde hace un año y lleva a todo el mundo a casa siempre que puede. Nos quedamos mirando la televisión y estaban pasando MTV Erótica. Eso hizo que volviéramos a hablar de sexo. El tema que se debatía en el programa era el adulterio. Yo le dije que nunca había engañado a ninguno de mis novios, pero que cuando me gustaba otro, lo terminaba en el acto. Conversación va, conversación viene, me dijo que ya se había acostado con una mujer casada, y que esta había quedado muy satisfecha, porque el tamaño de su polla era mucho mayor que el del marido. Entramos en el tema. Yo le dije que eso no importaba, que era una tontería, y él, siempre en tono de broma, repetía que era enorme, y que la mujer que decía lo contrario era porque nunca había probado una de verdad. Yo siempre decía, también bromeando, que estaba mintiendo. Que en realidad debía de ser una lombricita. Lo dije otra vez, y él siguió presumiendo diciendo que era colosal. Entonces dije: “Enséñame la lombricita, entonces”. Se quedó un poco cortado, pero insistí: “Vamos, enséñamela, si no, no me lo creo”. Dijo que no la iba a enseñar y que tenía que irse. No discutí mucho y recogimos las cosas para que me llevara a casa.
Fuimos hablando normalmente en el coche, banalidades sobre el tráfico y otras cosas. Subimos por la avenida que va en dirección a mi casa y, al pasar por el parque, que queda un poco antes de mi casa, en vez de seguir, entró. Le pregunté, pero me dijo: “Vamos al parque. Hace un montón que no vengo aquí”. Yo dije: “¡Vale! Hace un montón que yo tampoco paso por aquí”. Estaba un poco desierto, aunque todavía era de día (por el horario de verano) y él aparcó el coche en un rincón. Solo que apagó el coche y se quedó mirándome. Le pregunté qué pasaba y me dijo: “¿No querías ver la lombricita?”. Ni me acordaba de eso, pero entonces repetí: “Ah, sí, aquella vez te escabulliste del tema, enséñamela si eres hombre. Si no, no me lo creo”. Ni siquiera me importaba si iba a enseñármela o no. Soy un poco inconsecuente así. Entonces abrió la cremallera y sacó la “lombricita” hacia fuera.
Nunca pensé que eso fuera a pasar, pero aquello me dio un morbo incontrolable. Era realmente grande. Bastante larga. No era de un grosor fuera de lo común, porque eso es más raro de lo que uno piensa. Pero era lo bastante gruesa. Tenía unas venas marcadas, hinchadas, y una cabeza que acompañaba el tamaño del mástil.
La visión de él sujetando aquel pedazo de polla me dejó con la boca hecha agua, literalmente. Sabía que algo iba a pasar. Porque, como dije, soy bastante calentona y cuando no tengo nada que perder, aprovecho de verdad. Pero por ahora, la cosa estaba tibia. Solo dije: “Joder, sí que es grande”. Él estaba un poco nervioso y dijo, sin mucha decisión: “¿Te apetece tocar?”. Asentí con la cabeza y agarré despacito aquel mástil, que palpitaba. Él estaba nervioso y temblaba un poco. Yo, que no soy nada tonta, empecé a pajeársela despacito, escondiendo y liberando aquella cabezota. No hay nada como la visión de una buena polla para volver loca a una mujer.
Era una situación distinta para mí, pero pensé que no habría ningún mal en acostarme con Thiago allí. Ambos estábamos sin compromiso y siempre habíamos sido amigos. No tenía nada que perder. Entonces él se quitó el pantalón corto y dijo que quería acariciarme el culo también. Me giré un poco y él pasó la mano por mi culito, que ya estaba erizado de tanto morbo. Mi braga ya estaba empapada. Él habló, como un chico asustado: “Vamos a follar, ¿vamos?”. No sé para qué dijo eso. Era obvio que íbamos a follar. No sé por qué los hombres tienen la necesidad de anunciarlo verbalmente. Pero bueno, entiendo que estaba nervioso y que también era una situación diferente para él. El coche era un poco estrecho, un Fiat Uno, pero en el asiento de atrás conseguiríamos hacer algo. Me acomodé y pasé al asiento trasero y él, apretándose entre los dos asientos delanteros, consiguió pasar atrás no sé cómo. Thiago es un chico normal. Tiene 20 años, moreno —lo que más me gusta de él—, 1,80, delgado, pero con un cuerpito bien trabajado. Tiene una mirada pícara y un aire de quien todavía tiene 13 años, aunque no sea inmaduro. Es un pijo y en aquella ocasión llevaba uno de esos horribles pantalones cortos floreados. Pero bueno, eso no viene al caso. Ya estaba desnudo de todas formas. Y lo que más me llamaba la atención era aquella polla gigante apuntando siempre hacia delante, y que dentro de poco me estaría desgarrando las entrañas.
La cosa tenía que ser rápida, al fin y al cabo estábamos en un lugar público. Yo, para su felicidad, llevaba un vestido de tela, beige, que me llegaba un poco por encima de la rodilla y sandalias, y con una braga holgada. Ya en el asiento trasero, él se sentó con aquella potencia apuntando hacia arriba y me puso encima de él, de frente, abrazándome y acariciándome la espalda. Estábamos jadeando y apenas nos besamos. Solo nos pasamos mucho la mano. Él tenía los brazos delgados pero fuertes y me sujetó con facilidad. Me levantó el vestido y me rasgó la braga, ya que esa muy convenientemente no quería salir de mi cuerpo. Entonces colocó aquel mástil en mi ya lubricada chocha y fue metiéndolo poco a poco. Yo ya he probado varias pollas en la vida. Ya me han follado de muchas maneras, lo que ayudó un poco. Pero siempre que aparece una polla más grande por delante, el apuro es grande. Escocía, escocía muchísimo, pero el placer era mayor. Los puntos sensibles de mi chocha eran friccionados con más fuerza. Parecía de verdad que me estaban desgarrando. Obviamente, no consiguió meterlo entero, pero me llenó como los dedos llenan un guante. Le pedí por Dios que no empezara a bombear, porque tenía que acostumbrarme a aquello. Él dijo: “Lo sé, mi morbo, ya estoy acostumbrado”. Esperé un poco mientras él apretaba con fuerza mi culo. Yo estaba apoyada en el asiento, porque no podía dejar caer todo mi peso sobre aquel pedazo de polla. Si no, me reventaba el útero. Me relajé todo lo que pude y poco a poco empezó a empujarme hacia arriba y hacia abajo. No hay mayor placer que ese. Ser cogida por las manos de un macho que te sienta y te levanta sobre su polla. Y más aún si la polla en cuestión es enorme. Porque da un empujoncito ahí en el cuello del útero que es un morbo inmenso. Él me sujetó por el culo y yo iba subiendo y bajando con más ímpetu. Soltaba grititos histéricos en su oído, porque no podían oírme en el parque. Me corrí con una rapidez nunca antes conseguida. Estaba bastante abierta, sentada sobre aquella picha, y mi líquido, que no sale en grandes cantidades, manchó un poco el asiento de su coche. Después me agarró por la cintura y me folló con más fuerza, haciendo que entrara su polla casi entera. Él se quedaba callado. No me llamaba puta, ni nada de eso como en esos cuentos idiotas. Hay hombres que son así. Hasta me gustó, porque me dio la impresión de más virilidad.
Un poco después abrió más mis piernas y se colocó un poco más abajo. Ya llevaba unos quince minutos dentro de mí, sin sacarla. En ese movimiento en que abrí las piernas, sentí un placer fenomenal y me corrí otra vez. Nunca conseguí correrme dos veces seguidas tan rápido. Entonces me levantó y me bajó de encima de la polla, que seguía dura, apuntando al cielo. Estaba sin condón, una locura mía, ni siquiera me acordé. Entonces apuntó aquella picha hacia mí, se la pajeó un poco y soltó dos chorros de corrida. Uno fue a dar al asiento delantero del coche, el otro cayó sobre mi pierna y terminó en el suelo del Fiat. Se corrió un poco más en chorritos menores, y luego se tumbó a descansar. Yo también estaba muerta de cansancio. Nos quedamos quietos, sin decir nada. Yo dije: “Vaya, Thiago, qué cosa increíble tienes entre las piernas, ¿eh?”. Él dijo: “Letícia también lo piensa”. “¡Habla en serio! ¿Letícia también ha probado eso? Pero si ella es tan pequeñita. ¿No le dolió? Porque a mí me dolió un montón al principio”. “Sí, para ella fue doloroso, tuvimos que tener más paciencia, pero con mucho lubricante y calma, conseguimos meterla bien, jejeje”. Nos reímos y yo dije: “¡Quién lo diría, Letícia! Nunca me lo habría imaginado”. “Te lo digo, ustedes las mujeres no pueden ver una polla grande y ya quieren probarla”. Yo me reí y dije: “¡Deja de ser bobo! Vámonos, que ya oscureció”. Él me limpió la pierna con su camisa y se volvió a poner el pantalón corto. La cosa cambió un poco entre nosotros. Volvimos a casa comentando el polvo, pero un poco cortados. Él dijo que yo tenía un culo muy bueno para apretar. Le di un golpecito en el hombro: “¡Deja de ser bobo!”.
Al llegar frente a mi edificio, me dio un beso en la boca y yo dije: “Mira, entre nosotros no hay nada, ¿vale? Fue solo una aventura”. Él dijo: “¡Vale! ¡Lo pillo!”. Salí del coche y él aún pasó la mano por mi culo diciendo: “Qué culito más rico”. Yo me reí y le hice un gesto con el dedo medio. Él arrancó y yo subí rápidamente las escaleras del edificio, entré en casa y fui directa al baño. No había nadie en casa, pero hay que tomar precauciones, ¿no? Al fin y al cabo, mi braga seguía rota en el coche de Thiago. (risas) Me di una ducha, me lavé todo el cuerpo, incluida mi chocha, que todavía me dolía un poco por culpa de todo aquel tamaño de la vara de mi amigo. Luego me acosté y dormí como no dormía desde hacía mucho tiempo, porque estaba exhausta. Al fin y al cabo, había sido un “gran” día.
Júlia