La era dormida
Publicado el 04.11.2014 y traducido el 14.07.2026 Conto · Hetero de Juliana 9 min de lecturaTengo cuarenta años y estoy separada desde hace tres. Vivo con mis hijos una vida tranquila y apacible, casi sin salir de casa, salvo, claro, cuando aprieta el hambre y tengo que salir a pelearla. Así es. Pero esa noche yo no estaba en celo, ni queriendo nada. Estaba viviendo una de mis etapas de quietud total. Salí solo a comprar cigarrillos. Llevaba un vestidito ligero pegado al cuerpo, no tenía nada de maquillaje, la piel tersa y bronceada por un sol de invierno, sandalias en los pies. En fin, debía de estar pareciendo bastante más joven por el aire descontracturado con que me vestía. Además, la vida cómoda que llevo —mucho sueño y casi ninguna preocupación económica, mucho cariño, claro— no me deja envejecer.
Vivo en Santa Teresa, pero no suelo frecuentar los famosos puntos de encuentro, como la Americana en Largo das Neves o el Armando en Guintarães. Y mucho menos el Carvelo. Ese es un ambiente un tanto pesado para mi vida burguesa. Sucede que, a las once de la noche, no hay nada abierto en Santa Teresa, salvo el barcito del Curvelo. Y fue allí a donde fui a parar.
Fui llegando y despertando todas las miradas. Gente nueva en el barrio, eso era lo que yo representaba. Como soy muy comunicativa y abierta, cuando un muchacho que parecía tener veinte años me tendió la mano, me mostré amable y receptiva, tal vez un poco maternal, pensando: “Qué gente tan simpática y tan buena onda. Tengo que venir más a este lugar.” Sin salir de mi papel de madurita, creía que el chico se estaba limitando a ser un buen anfitrión. Al fin y al cabo, él era uno de los dueños del lugar. Y bebí de su vaso, que iba pasando de boca en boca, escuchando comentarios de este tipo: ¡qué bonita eres! ¿Dónde te habías escondido? Y empezaron a querer saber toda mi vida. Un poco cohibida por estar siendo objeto de tantas atenciones y elogios, me fui disculpando y saliendo, olvidando incluso comprar los cigarrillos, con el muchacho —que después supe que se llamaba Beto— pisándome los talones. “Eh, ¿adónde vas?”. “A mi casa, claro”, respondí. “¿Me das un aventón?”. “Claro, puedes subir.” Y lo dejé entrar en mi coche, con la intención de dejarlo en el camino, delante de su casa, porque se resistía a decirme dónde quedaba.
Ya estaba a una cuadra de la mía cuando paré y le pedí que bajara. “Vas a tener que quedarte por aquí. Si me hubieras dado tu dirección hasta podía haberte dejado en tu casa. Sucede que no soy adivina.” Cínicamente, él replicó: “Qué pena. Así al menos sabrías lo que me muero por hacer contigo.” Perpleja, le contesté: “Qué tontería. Tengo edad para ser tu madre.” “¡Ojalá! Con una madre así de rica yo no saldría de casa.” Y me fue agarrando y me dio un tremendo beso en la boca, que me dejó sin aliento. La fiera dormida que había dentro de mí fue despertada bruscamente. Pero el prejuicio hablaba más fuerte. “¿Cuántos años tienes?”, pregunté infantilmente, esperando quizá que mintiera. “Veintiséis.” Y volvió a agarrarme, con cincuenta manos al mismo tiempo. Yo solo no me entregaba por la posibilidad de que me viera algún vecino y porque de verdad me parecía muy desproporcionado tener una aventura con alguien catorce años más joven que yo. Y pensaba en eso mientras lo empujaba, rechazando sus caricias. Él pareció adivinar mis motivos y dijo: “Ustedes, las mujeres, son graciosas. Hablan tanto de feminismo y no ven nada raro cuando ven a un maduro saliendo con una chica. Y cuando son chicas hasta se las dan a los maduros.” “Nada de eso”, repliqué. “Yo creo que la cosa tiene que ser igual por ambos lados.” “¿Ah, sí? Entonces sé igual conmigo y dame un beso de verdad, que me muero por ti.” “Está bien, está bien. Solo que no puedo quedarme quieta aquí. Vamos a bajar a comprar mis cigarrillos, que al final no los compré.” Tenía una manera tan increíble de conseguir lo que quería que fue ganándome. Bajamos en dirección a Lapa y finalmente compré mis cigarrillos. Le impuse, sin embargo, una condición: no debía tocarme hasta que yo se lo permitiera. Ahora estábamos acompañados por una pareja a la que yo le había dado un aventón a pedido de él. Los dos iban detrás, callados, cuando su mano empezó a meterse por debajo de mi vestido y, por más que la empujara con toda la fuerza mientras manejaba el Volkswagen, no tenía fuerzas para rechazarlo con una sola mano. La única cosa que podía hacer era tomar una decisión radical: parar y hacerlo bajar, humillándolo delante de sus amigos. Y eso ni siquiera se me ocurrió porque de verdad estaba disfrutando ser objeto de tal interés por su parte. Seguí con aquella lucha desigual con su mano metiéndose dentro de mi braga y él sintiendo cuánto ya estaba empapada, y ahí ya no pude engañarme más. Yo lo quería tanto como él, y cuando entendí eso fui abriendo las piernas para que pudiera manipularme mejor. A estas alturas mi vagina palpitaba locamente y él me metía la lengua en el oído y me mordía el cuello. Ahí fui ablandándome y pensando que más bien tenía que dárselo, que me lo merecía de verdad, porque me había despertado después de un receso tan prolongado. Imaginé lo bueno que debía de ser en la cama con ese hambre que tenía. Dejamos a la pareja en Paula Matos y, un poco más adelante de donde los dejamos, Beto me pidió que parara. Ahí yo ya estaba tan seca como él para besar, abrazar e intercambiar caricias de toda clase. Y cómo me besaba y cómo me agarraba, delicioso. Solo de recordarlo me ablando. Entonces él sacó su miembro de los pantalones y yo, asustada, miré en todas direcciones. “Puedes quedarte tranquila, yo me encargo; esto de aquí lo conozco”, dijo él. Y me hizo agarrar su pene grande y duro. Tenía tanta hambre y era tanto lo que me ofrecía que me metí en la boca su sexo sedoso y perfumado. Impaciente por conocerme, en el sentido más profundo, me tiró del pelo, me acomodó en el asiento y yo, para ayudar, fui abriendo las piernas, ya con ellas en alto, y él se introdujo con fuerza y con ganas. Gemía y gritaba tanto que tuvo que taparme la boca para no despertar a la gente. Cuando estábamos a punto de corrernos salió asustado, recomponiéndose. Yo, claro, por reflejo, también me recompuse. Era una patrullita, que ya venía a unos cincuenta metros. Casi me muero al pensar en lo que habría pasado si nos hubieran pillado. Entonces él tomó el volante y me llevó a una casa, donde podríamos estar a gusto, según él. La casa quedaba en una calle sin salida, en uno de esos callejones de Santa Teresa. Solo entonces miré al cielo y reparé en que era noche de luna llena. Antes de entrar en la casa, me arrimó al muro y, guardando su pene duro cuanto antes, entre la braga y mis grandes labios, hacía un movimiento de vaivén. Yo, sin decir nada, mirando al aire y viendo estrellas, estaba totalmente a merced de aquel muchacho endiablado, que lo quería todo al mismo tiempo: me levantaba el vestido y me quitaba los pantalones en plena calle. Entramos. La casa estaba toda a oscuras y había una persona durmiendo en la sala. “¿Quién es?”, pregunté. “No sé, esto aquí es una república, cada día aparece una cara nueva. No es exactamente una república, porque no vive nadie. La casa es de una amiga mía. La presta a quien está en la mala; la gente se queda aquí cada fin de semana.” Otra vez asaltada por mis miedos y pudores burgueses, estaba a punto de arrepentirme de estar allí cuando él me tomó de la mano y me invitó al cuarto. El cuarto no tenía cama ni luz, apenas una ventana que dejaba entrar el resplandor de la luna. Mi compañero miró alrededor y descubrió, enrollado en un rincón de la pared, una alfombra de cuero de vaca. La extendió con cuidado y, arrodillado sobre ella, empezó a besarme las piernas hacia arriba, desapareciendo bajo mi falda para hundir la lengua en mi sexo y chupármelo, hasta que no aguanté más y me arrodillé para dejarme con él, no sin antes quitarme toda la ropa que impedía el contacto total de nuestros cuerpos. Cuando me vio los pechos saltar libres de la ropa, los agarró y los chupó ruidosamente, y solo entonces se tendió sobre mí y me hizo sentir lo que era bueno. Entonces levanté las dos piernas y me abrí todo lo que pude para sentirlo bien adentro, para dármelo toda, y me corrí gimiendo y gritando como hacía mucho tiempo no lo hacía. Solo entonces me di cuenta de que debían de ser como las dos de la mañana y de que tenía compromisos al día siguiente. Fui al baño a lavarme y, cuando me preparaba para salir, me encontré con mi compañero, que venía a mi encuentro. Cuando me abrazó, sentí que estaba listo para otra. Esta vez fue de pie, en medio del baño. Antes de que tuviera tiempo de decir o pensar nada, sacó su revólver y, doblando las piernas, consiguió encajármelo divinamente en la vagina. Era tan bueno el contacto de la piel de su miembro con el interior de la mía, recién lavada, casi sin lubricación; la posición de su miembro apuntando hacia arriba y el movimiento ágil que conseguía dar a nuestros cuerpos en esa posición, que me corrí una vez más, en pocos segundos. Sin querer interrumpir aquel contacto increíble de nuestras pieles, fuimos caminando hasta el cuarto metidos el uno en el otro. A pesar de que él se había corrido, su miembro no se había ablandado; seguía en aquella posición como una percha, un punto de apoyo para mis caderas. Claro que yo caminaba de puntillas, con la musculatura vaginal concentrada en no dejar escapar lo que guardaba, y me colgaba de él, enlazada a su cuello. Conseguimos llegar al cuarto pegados, y tal era la compenetración de nuestros cuerpos que, con mis piernas rodeándole la cintura, logramos llegar al suelo en aquella posición de Último tango en París. Y recomenzamos hasta el día siguiente, cuando la chica que dormía en la sala entró para preguntar cualquier cosa, sin importarle nuestra desnudez. ¿Y saben una cosa? Yo tampoco estaba importándome demasiado. Estaba tan realizada como mujer que para mí no existía ninguna diferencia entre los tres. Ni de edad, ni de generación, ni de estilo de vida. Solo me di cuenta de una cosa: era hora de volver a casa.