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Una noche en la cama equivocada

Cuento · Hetero de Renata 3 min de lectura
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Me llamo Renata, tengo 26 años y estoy casada. Lo que voy a relatarme pasó hace dos años. Llevo seis años casada, no tengo hijos, nunca he engañado a mi marido y nunca he tenido intención de hacerlo.

Conocimos a una pareja que es amiga nuestra y con la que convivimos bastante. Él tiene una empresa de ingeniería y ella es médica. Cuando vienen a São Paulo, donde vivimos, se quedan en nuestra casa, y cuando vamos a Río de Janeiro, nos quedamos en la suya. Son jóvenes como nosotros.

Hace unos dos años, tuve que ir a Río a buscar unos documentos de un proceso de herencia. Como saben, arreglar esas cosas en una notaría lleva tiempo, y mi viaje estaba previsto para tres o cuatro días. Fui y me quedé alojada en su casa.

Roberto, el marido de ella, estaba de viaje por negocios, y nos quedamos solas en el apartamento. Uno de esos días, Márcia me llamó sobre las 9 de la noche, diciendo que iba a llegar muy tarde, quizá solo por la mañana, porque tenía un caso complicado en el hospital.

Me pidió que durmiera en su cama, porque Roberto iba a llamar por teléfono y así me sería más fácil contestar y pasarle el recado. Eso hice. Después de picar algo, fui a mi cuarto, me arreglé y me fui a dormir a su habitación.

Estaba tan cansada que me quedé frita.

Imagínense ahora: Roberto llegó, se duchó y vino a meterse en la cama. Yo, dormida, sentí algo y ni me di cuenta bien. Para mí era tan normal sentir un miembro entre las piernas que lo único que hice fue abrirlas y recibir aquel miembro por detrás, en mi coñito.

Me di la vuelta y también lo recibí así, hasta que me puso boca abajo y me penetró por detrás, en el culo. Yo gemía y pedía más, como siempre he hecho cuando tengo relaciones.

Hasta que, con su miembro dentro de mi ano, despertamos a lo que estaba pasando.

No sabíamos qué decir. Nos quedamos cortados. Solo recuerdo que él dijo:

—Ahora vamos a acabar lo que empezamos. Está riquísimo.

Me folló y me hizo correrse muchas veces, y solo paró cuando se le puso blanda la polla.

Fue una follada maravillosa.

Nos arreglamos, o sea, nos duchamos, y cada uno terminó la noche en su cuarto.

Por la mañana, él tuvo que cumplir con su obligación con su mujer, que después me confesó estar sospechando algo por el rendimiento que tuvo.

Normal, pensé yo.

Hasta hoy, ni ella ni mi marido han sospechado nada.

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