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La bailarina

Publicado el 01.08.2013 y traducido el 14.07.2026 Conto · Hetero de Eduardo 5 min de lectura
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Conocí a Marcela en una discoteca de São Paulo. Era una de las bailarinas que se quedaba sobre unas plataformas, como sirviendo de adorno. Yo estaba acompañando a mis amigos, de malas, y, sin ninguna pretensión, le pregunté cómo aguantaba estar tanto tiempo ahí, con esa sonrisa en los labios todo el tiempo. Fue el puntapié de una conversación que me consiguió su teléfono.

La invité a salir la semana siguiente. Cuando contestó, me echó en cara no haber llamado antes. Nos reímos de eso y, otra vez, nos perdimos en una conversación. Como la llamada se estaba alargando y no vivíamos lejos, pensamos que sería mejor encontrarnos en un lugar a medio camino entre nuestras casas.

Estaba hermosa con un vestido negro básico y tacones altos. Sus formas perfectas quedaron evidentes en aquel modelo. Tomamos unas copas y nos pusimos a conversar sin freno. Al cabo de un rato posé mi mano sobre la suya. De ahí a un beso fue un instante.

Como la mesa donde nos sentamos estaba algo apartada, quizá por eso nos sentíamos tan a gusto para explorar, al principio tímidamente, el cuerpo del otro. Ella me sorprendió cuando posó su mano sobre mi polla, por encima del pantalón. Comenté que quizá el bar se había llenado demasiado de gente para nuestras necesidades.

Fuimos a mi apartamento. En quince minutos estábamos sentados en el sofá, bebiendo una copa de vino, pero bastante contenidos para quienes se habían pasado y mucho en el bar. Ella me dijo que se estaba poniendo alta con aquel vino, más los tragos que había bebido en el bar. Me preguntó si tenía CDs, y yo señalé el armario bajo el equipo de sonido. Puso una música lenta.

Entonces empezó a bailar, muy sensualmente. La tirita de su vestidito negro bajó delicadamente, mostrando una buena parte de sus pechos. Sus caderas iban de un lado a otro mientras mis ojos se perdían en aquella visión. Se subió el vestido, quedando solo en bragas, medias y zapatos. Sin contenerme, me levanté y la tomé vigorosamente entre mis brazos. En un movimiento, estaba en el sofá, enredando mi cuerpo con sus piernas de bailarina, mientras yo besaba su boca y tocaba sus pezones con mi mano, hábilmente. Ella me volteó y empezó a quitarme la ropa. En poco tiempo, ya estaba completamente desnudo. Miró mi polla y empezó a masturbarla. Yo, tendido en el sofá, me entregué, extasiado, a sus caricias.

Sus labios calientes envolvieron mi polla deliciosamente. Succionaba, lamía, y conseguía dejarme más duro de lo que ya estaba. Su lengua empezaba en la base y subía hasta llegar a la cabeza, y la rodeaba. En cierto momento, empezó a tragársela, subiendo y bajando. Le dije que iba a correrme, pero ella no se detuvo: se lo tragaba todo, sin dejar que quedara ni una gota fuera. Cuando terminó, la atraje hacia mí. Fue muy rico sentir aquel cuerpo suave pegado al mío. Sus pechos rozando mi piel con aquellos pezones duritos me dejaron con tanto morbo que quedé listo para otra. Pero no sin devolverle la gentileza que Marcela me hizo.

Después de besarla mucho, la tendí en la cama y me arrodillé en el suelo. Le quité las bragas y vi una conchita deliciosa. Solo con medias de siete octavos, una pierna quedó sobre el sofá y la otra pisaba el suelo. Empecé a chupársela delicioso. La succionaba como si probara una naranja, y abrazaba sus piernas, masajeaba su cuerpo con mi mano, me demoraba en sus pechos. De vez en cuando le chupaba el ombligo y volvía besándole y lamiéndole la pierna. Marcela se corrió apretándome la cabeza con sus piernas.

Estaba cansada, pero yo estaba a mil. Solo subí mi cuerpo, besando cada pedacito de piel que mi boca encontraba en el camino. Y entonces empecé a pasar el tronco de mi polla por su raja. Ella se volvió loca, pidiendo, suplicando que parara con aquella tortura. Tardé tanto que ella, en un acto de desesperación, con las manos encajó mi cabecita en su concha.

La entrada fue lenta y firme, y quizá por eso, acompañada por los gemidos de Marcela. Empecé a marcar un ritmo delicioso. Entraba y salía solo sintiendo a aquella chica deliciosa gemir. Me ponía todavía más cachondo sentir los pezoncitos de sus pechos rozando mi pecho. Ella me mordía el hombro, haciéndome meter con más fuerza todavía. Su pierna ya dictaba el movimiento, que se volvió muy rápido. Empezó a hacer un sonido y una cara de quien estaba aguantando el orgasmo, que inevitablemente llegó muy fuerte. Al ver aquello, no pude contenerme. Me derrumbé en un orgasmo profundo y largo dentro de aquella chica, que me abrazaba con fuerza sobre sí.

Solo recuerdo haberla volteado, echando su cuerpo sobre el mío, antes de caer en un sueño ligero. Un tiempo después, me despierta ella, diciéndome que tiene que irse al trabajo en aquella casa donde la conocí. Nos dimos juntos una ducha deliciosa, en la que empecé siendo chupado y terminé follándola contra la pared, con ella colgándose de la ventana y enredándome la cintura con la pierna.

Se vistió mientras yo la observaba, sentado desnudo en el mismo sofá que nos sirvió de apoyo. Con una sonrisa en el rostro, caminó hacia mí y me dio un beso largo. Su mano rozó el medio de mis piernas y notó que estaba duro. No resistió y empezó a pajearme mientras nuestras lenguas se entrelazaban. Solo esperó a que me corriera, para limpiarse y luego irse, ahora después de apenas un besito.

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