EL FISCAL NO AGUANTÓ Y ME COGIÓ
Publicado el 27.05.2018 y traducido el 14.07.2026 Conto · Hetero de Mila 16 min de lecturaHola gente, les voy a contar otra historia más sobre mi lío con un fiscal delicioso que vive enfrente de mi casa. Ay, qué ganas tenía de dársela, un deseo enorme; algunos tipos de hombres me fascinan. Desde que entendí lo que era el sexo, y eso fue a los 14 años, me masturbaba pensando en los hombres que conocía, y después de conocerlo, en la paja diaria pensaba en él.
Fernando... está casado, pero casi no veo a su esposa, tiene buen poder adquisitivo, tiene un coche enorme, siempre va de traje, alto, elegante, 30 años, cuerpo muy rico, usa unas gafas bien discretas y proporcionadas a la cara, muy blanquito, cabello negro que brilla al sol, con un corte muy bonito que a veces le cae sobre los ojos, y se lo acomoda de ladito de esa manera que cada vez que lo veo hasta me quedo quieta, parece que lo viera en cámara lenta como en los comerciales de la tele. Siempre me pareció muy serio, a veces me saludaba solo por educación cuando yo estaba en el patio haciendo algo, yo, muy lista, le respondía insinuándome; cuando notaba que él estaba donde podía verme, me agachaba con el culo bien orientado hacia él, pero nunca noté si miraba.
Un día, llegando de la facultad, noté que estaba dentro del coche; aunque los vidrios eran bastante oscuros, se veía que había alguien adentro. Como el coche era suyo, supuse que era él, creo que estaba hablando por teléfono. Fui caminando muy despacio y ya no miraba más al coche para que él no se diera cuenta. Donde vivo las calles son bastante vacías, sobre todo entre semana, aceras con muchos árboles, y ese día como hacía muchísimo calor, el sol estaba fortísimo y era casi mediodía, me había quitado la chaqueta y la guardé en el bolso; estaba solo con una blusita blanca de tirantes muy finos, pero sin sujetador. Las blusas así, delicadas, si te pones otra cosa debajo pierden la sensualidad y la delicadeza, y no es por presumir ni nada, pero... ningún hombre me ha rechazado jamás, y ya pensando... yo siempre pensando en provocar para ver cuál es la reacción. Miré a ambos lados: solo había un señor al final de la calle barriendo la acera, pero estaba lejos. Me paré debajo de un árbol apoyándome en el tronco y fingí sentirme mal, me abanicaba con la mano y noté que él miró, pero no le dio importancia; fue entonces cuando tiré mi cuaderno y el bolso al suelo y me senté en la acera. Él salió rápido del coche y, aún hablando por teléfono, vino hacia mí. Pensé: “ay, ahora sí...”. Se acercó bastante y, ya preocupado, preguntó:
—¿Qué pasó, señorita? ¿Está todo bien?
—No me estoy sintiendo muy bien.
—¿Pero qué sientes? ¿Quieres que llame a alguien de tu casa?
Y yo ya haciendo mimitos como siempre y hablando toda melosa:
—Ay, no sé... un mareo, malestar, a veces se me nubla la vista y...
Repitió la pregunta:
—¿Quieres que llame a alguien de tu casa para llevarte adentro?
Y yo le dije rápido:
—No hace falta, solo necesito un poco de agua, tengo la boca seca.
Hacía muecas y caritas, pero muy pendiente de él, que no apartaba los ojos de mis pechos, ya con cierto deseo.
Intentaba sostenerme con los brazos, pero estaba cortado, con vergüenza, asustado, y al mismo tiempo tratando de ayudar.
—Está bien. Ven conmigo, te doy un poco de agua.
Yo, que no soy tonta ni nada, me fui levantando despacito y él ayudándome, llevándome hacia su casa.
—Ay, ahora me está dando calor.
Quería dejarlo tenso para ver qué hacía.
—Ehhh... entonces vamos a hacer lo siguiente: entras conmigo y tomas un poco de agua; si no se te pasa, te llevo en coche al hospital.
—No... no, ¿y si su esposa está ahí? ¿Va a pensar mal de mí?
—No, no. Está trabajando.
—Bueno, si es así... debe ser mi presión, siempre que el tiempo se pone muy caliente me baja.
Creo que si hubiera sido planeado no habría salido tan bien. Fue y abrió el portón de la cochera; entramos y, de verdad, fue honesto: me dejó en la sala y fue a buscar el agua. Eché un vistazo a la casa, realmente vacía y muy bonita por cierto; claro que no iba a perder una oportunidad así, ¿no? Adoro una travesura.
Me quité la ropa y me quedé con la blusita y los tacones sentada en un sillón negro grande y muy suave que había en la sala. Mi cabello largo, de un tono único y natural, rubio ceniza oscuro; nunca vi a nadie con el mismo tono. Lo partí por la mitad de manera que quedara un poco sobre cada pecho, tapando solo los pezones.
Mientras esperaba, levanté una pierna y la puse sobre el apoyabrazos del sillón, así mi conchita quedó bien abierta y a la vista. Solo faltaba un cigarro para verme bien puta, pero no fumo. Pronto apareció con el vaso de agua y se quedó paralizado, aún sosteniéndolo; me miraba sin entender nada, pero yo me encargué de explicárselo:
—Vi tu sillón tan bonito, me pareció tan suave que me dieron ganas de sentarme en él desnuda.
—No, señorita... por Dios, cúbrase, ¡si llega mi esposa nos mata!
Me vuelve loca de deseo cuando el hombre intenta resistirse pero al final se rinde...
—Aaaah, para con eso, me costó un trabajo tremendo armar toda esa idea de desmayarme...
Y le sonreí un poquito, me pasé el dedo por los labios y lo chupé cerrando los ojos y apretándome los pechos con la otra mano.
—¿Pero entonces no te estabas sintiendo mal?
—Sí, pero de ganas, de tesón y de hacer lo que quiero hacer desde hace tanto tiempo.
Se dio la vuelta, cerró la puerta y fue acercándose despacio, y yo también me fui acercando, hasta que le agarré la corbata con fuerza haciendo que el vaso de agua se derramara sobre mi ropa... suspiré, porque el agua estaba helada; mi blusa, que era blanca, quedó transparente dejando mis pechos bien a la vista.
—Uy, te mojé jiji.
Soltó el vaso de agua sobre la mesa de centro barnizada, en un acto de desesperación, y el vaso se volcó y rodó hasta caer de la mesa al tapete.
Apoyé la boca en su oído, le di una lamida y le hablé muy bajito:
—Qué pena que no fue de leche. Ven, fóllame... no resistas más, ¡hace tanto que quiero dártela!
Luego se mordió los labios y me soltó una palmada en la pierna.
—¿La quieres, mi ángel?
—Claro, ¿crees que estoy aquí desnuda para qué?
—Entonces dile al tío lo que quieres...
—¡Quiero verga!
Se aflojó la corbata y empezó a quitarse todo mientras yo me quité los zapatos y pasaba mi piecito bien blanco, con las uñas pintadas de rojo, por encima de su palo sobre el pantalón de vestir. Mmmmm... y ya estaba bien durito. Me di la vuelta y, apoyando los brazos en el respaldo de la silla, saqué el culo y me froté el clítoris, me chupé los dedos. Él se quitó el cinturón y me dio un cintazo suave en el culo; gemí muy mimosita con cara de puta. Después, mientras él se quitaba los zapatos, yo me frotaba la concha en el brazo del sillón diciendo:
—Ven ya, Fê... ven, que tengo sed de tu verga; no hace falta que te aguantes, que sé que debes hacer maravillas.
Cuando se quitó el pantalón y quedó solo con unos calzoncillos preciosos a rayas azul marino y rojo, con un bordado de ancla en la esquina... me bajé a sus pies y pasé la lengua por los labios mirándolo bien a los ojos, pero no fui directo al grano; le agarré el culo y lamía alrededor, en la pierna, en la ingle, por encima del calzoncillo. Podía escuchar su respiración agitada mientras me pasaba las manos por el pelo, la nuca y el cuello, haciendo una caricia muy suave y pervertida que me erizaba la piel y me hacía morderle la muslo grueso y musculoso. Él no tenía ni un solo pelo en el cuerpo, lo que me daba todavía más morbo y ganas de chupar todo lo que fuera posible.
Pensé que ya estaba bien de provocaciones; al fin y al cabo, no sabía cuánto tiempo me quedaba. Si tenía que irme de allí sin una follada rica con él, esa noche me iba a morir de deseo y a reventarme a pajas. Me detuve, miré hacia arriba a su cara y pregunté:
—¿Puedo empezar?
—Pensé que ya habías empezado, mi linda.
—No, última oportunidad, todavía puedes echarte atrás...
—Mi polla está demasiado dura para eso.
De un lado del calzoncillo lo sujeté con una mano, del otro lado del calzoncillo lo sujeté con los dientes, y con la otra mano le apretaba el culo; así fui tirando de los calzoncillos lindos y apretaditos, su polla ya estaba tan dura que casi se salía sola. Tiré un poco más y la polla le salió y me golpeó la cara. Dios mío, qué hermosa era, justo como yo la quería: cabezita rosada, brillante y bien gruesa, toda mojada. Él puso cara de pervertido y yo fui bajando hasta sus pies mientras él terminaba de quitarse el calzoncillo. Para no perder el clima, me quedé a cuatro patas a sus pies mientras me pasaba esa verga por la cara; incluso sentía un leve olor a suavizante que había dejado su ropa interior. Ya podía notar la piel de Fernando empezando a sudar, sentí su polla palpitar mojada, la agarré con mucho cariño, pasaba la lengua muy suave por esa cabecita deliciosa, besaba, lamía... era una verga tan perfecta que no podía parar, quería mirarla todo el tiempo, pero no resistí y la chupé; cuando di la primera chupada noté que se le estremecían las piernas. Saladita, seguí chupando mientras él me agarraba el pelo con la mano como si fuera una coleta y me empujaba hacia adelante y hacia atrás; su polla me golpeaba la garganta, algunas veces llegué a atragantarme, y él se volvía loco cuando eso pasaba:
—¿Mi polla es muy grande? ¿No puedes meterla toda en la boquita? Ahora te la voy a meter en otro lugar para ver si entra entera.
—Ay, qué morbo, Fê... ve con cariño, que estoy bien apretadita.
—¿Apretadita? No te preocupes, mi ángel, te voy a tratar como a una princesa.
Fernando me levantó en brazos y me llevó al sofá, tan suave que me hundía entre los cojines. Él me besaba metiendo esa lengua enorme dentro de toda mi boca, apretándome los pechos, y bajó besándome todo el cuerpo hasta los pies; me lamió y me chupó los deditos, luego colocó la verga entre ellos y se la pajeaba con mis pies. Subió besándome las piernas, las ingles... hasta que me dio un besito suave en el clítoris. ¡Dios, qué morbo! Doblé las piernas y coloqué los pies en su cabeza, apretándosela contra mi conchita peladita, ahogándolo; él frotaba la cara contra ella y pedía más, y yo claro que lo dejé seguir chupando, y qué lengua maravillosa, nadie me había chupado la conchita así nunca, con tantas ganas que me corrí solo de ver su cara de satisfacción.
—Eso... eso... córrete, mi princesa, estoy loco de ganas de morbo.
Aquello para mí ya era casi un sueño, él todo cariñoso, educado y lo mejor... tan pervertido, no perdió tiempo.
—Pásame la verga por ahí para dejarla bien embadurnada y que entre lisita.
Y yo ya estaba casi por caerme de tanto deseo, pero fue ahí cuando descubrí que, aunque correrse era maravilloso, después del orgasmo una buena metida era igual de buena. Sentí esa verga caliente entrando... yo ponía los ojos en blanco y gemía...
—Para, por favor, no gimas así, que si no no voy a aguantar meter mucho; ya me estás volviendo loco.
—¿Y eso es bueno?
—Es delirante...
Y seguía metiendo; vi que se correría enseguida, así que solté de una vez la frase que seguro estaba loco por escuchar, pero creo que tenía miedo de oír un no. Le pedí que parara; hasta se asustó:
—¿Te hice daño?
Me di la vuelta y quedé a cuatro patas, sacando el culo para él.
—Ven a comerte el culito de tu princesita.
Él me miró y confirmó:
—¿Quieres darme tu culito, amor...? Madre mía, así me caso contigo.
Me reí a carcajadas... ¡bien zorra!
—Ya estás casado, pero puedo ser la segunda esposa siempre que quieras.
—Qué maravilla...
Me sujetó el culo con las dos manos y lamía mi culito, metiendo el dedo despacio.
—Qué culito tan rico.
—Despacio, que duele mucho.
—Déjalo en mis manos, mi linda.
Agarró bien el tronco cerca de los huevos y fue presionando contra mi culito apretado, y yo esperando el dolor, pero casi no sentí nada; cuando pasó la cabeza, mi culo se tragó su verga rapidísimo. Solté un gemido placentero:
—Ay, Fê... ay, mi culo... ay, mi culo.
Era solo para provocarlo más.
—¿Te duele mucho, amor?
—Me duele, pero está riquísimo, no pares... no pares... fóllame...
—Ay, mi diosa, no hables así que me vuelvo loco...
Cómo empujaba de rico, cada embestida era un grito de placer. Sudaba y cerraba los ojos mientras bombeaba en mi culito, golpeando sus muslos contra mi culo tan blanco y levantado.
—Ay, Ca... qué perfección, toda así, niñita, delicada y tan pervertidita.
—Mmmm, ¿la quieres para ti? Soy toda tuya siempre que quieras, mi vida.
—La quiero todos los días.
Y metía mientras yo gemía alto, sabiendo que eso lo ponía loquísimo.
—Fóllame, mi niñita... eso... dale... fóllame que quiero correrme contigo metiéndomela en el culo.
—Entonces córrete, aprieta mi verga en ese culito delicioso.
Masajeándome el clítoris y sintiendo las embestidas cada vez más fuertes, ya no podía aguantar más.
—Ay, Fê... ay, Fê... ya casi...
—Eso, córrete rico, lindita, satisface tu deseo de dármela, y el mío de comerme ese culito precioso que tienes.
—Aiii... me estoy corriendo... me estoy corriendo... ¡no pares!
Fue uno de los mejores orgasmos que he tenido. Respiré hondo y me invadió una satisfacción enorme por haber llevado a Fernando a engañar a su esposa; tan correcto él, pero su lado pervertido habló más fuerte, y tan pervertido que imaginé que no resistiría... qué hombre tan delicioso. Me sacó la verga del culo. Yo seguía con el culo levantado mientras él lamía y olía todo el gozo que me chorreaba por la conchita, la pierna y el sofá, como un perro en celo.
—Qué corrida, eh, mi linda... vas a tener que correrte más veces para mí, estoy viciado de este néctar.
—Hago lo que quieras y cuando quieras.
—Ni sé qué decir.
—No digas nada, hazlo.
—¿Dónde va a ser el chorretón?
—¡Tú eliges!
Se pajeó la verga con voracidad.
—¿Puede ser en la boquita linda?
Levantéme y me puse de rodillas y ya me engullí otra vez toda esa polla, pasando la lengua por la cabecita, chupando los huevos y pajeándola muy rápido.
—Qué boquita tan caliente, ¿puedo correrme? Si me aguanto más, mi padre va a explotar.
—Ahógame con tu leche.
—Ay, corazón, ya me voy a correr... ahhhh...
Y yo sentía cada chorro de leche que salía de la cabecita de esa polla deliciosa sobre mi lengua, un sabor medio amargo, saladito, bien espeso; cada chorretada era un latido acompañado de un gemido, esas pulsaciones me dan un morbo enorme, ni siquiera tiene que ser en la boca: si siento una polla palpitar me vuelvo loca al instante.
—Mi amor, qué mamada tan maravillosa, con 24 añitos ya eres una profesional.
—Tu placer es mi placer.
Me levanté y lo besé. Qué beso tan placentero, lleno de deseo y ganas; nunca había follado con un hombre que supiera besar.
Me acarició la cara con el dorso de la mano.
—Preciosa.
—Túmbate ahí en el sofá.
Él se tumbó. Subí encima de él y a la altura del ombligo coloqué un pie a cada lado, me agaché y abrí bien las piernas y la conchita con los deditos y meé, un chorro largo y caliente de pis sobre su pecho, rostro, boca y cabello. Me sorprendí porque pensé que Fernando apartaría la cabeza o me pediría que parara, pero no: abrió la boca y tragó lo que pudo de toda esa meada. Al final, pasé la conchita toda mojada por su cara.
—Pensé que lo rechazarías.
—Jamás, mi diosa, es una de mis fantasías que hasta hoy, aun estando casado, mi esposa nunca nos permitió hacer.
—Qué bueno, me alegra haber satisfecho a mi macho, y todavía voy a satisfacer todos tus deseos y antojos, y despertar innumerables fantasías en ti.
—Eso, soy tu macho, tu esclavo y lo que tú quieras; puedes hacer lo que quieras conmigo, ya soy todo tuyo.
—Cuidado, que yo soy medio peligrosa y dominante, me gustan las aventuras.
—¡Maravilla, adoro ser dominado y esclavizado!
Me besó los pies y me miró fijamente.
—Fê, ahora necesito irme.
—¿Pero vamos a repetir?
—Mucho más, voy a dominarte.
—Ya me dominaste, mi reina; ahora solo soy sumiso a ti.
—¡Así me gusta!
Nos levantamos, fuimos a tomar un baño de bañera en el cuarto de él y de su esposa. Fernando me enjabona, pasando las manos por mis pechos suavemente; cuando me di cuenta, su polla ya estaba dura otra vez y queríamos más, pero infelizmente era demasiado arriesgado. Entonces salimos; él me secó con una toalla blanquita súper suave que había sacado del armario del baño, me vestí, le di mi teléfono y me despedí de él. Quedamos en que, siempre que queramos vernos a escondidas, él me mandará mensajes. Todos los días me dice que quiere ser esclavizado por mí, pero qué sé yo... por más delicioso que haya sido, ya hice lo que quería, que fue darle el culo a él, en su casa. Pero si vuelve a pasar, Fefê se va a enamorar, ya que adora ser dominado y la esposa, por suerte, no sabe cómo satisfacerlo. Gracias por los comentarios que dejaron en los otros cuentos, me alegró saber que les están gustando. Besitos para ti, W10, que siempre lee mis cuentos ;)