El dolor de la traición
Publicado el 11.11.2014 y traducido el 14.07.2026 Conto · Hetero de Eduardo 6 min de lectura 2 lecturasÉramos casados desde hacía 15 años y teníamos una vida tranquila. Yo, un hombre guapo y fuerte, y ella, con un cuerpito que me volvía loco de ganas solo con tocarla; ese culito respingón me alucinaba, hasta que un día, estando de vacaciones en la playa, recibí una llamada anónima que me dijo que me estaban engañando. Me desesperé en ese momento, pero ella juró que solo había aceptado un aventón; acepté la excusa, pero no me conformé, porque de vez en cuando sonaba el teléfono y colgaban en mi cara cuando contestaba. Entonces empecé a vigilarla de todas las formas y, un día, al volver de un viaje, decidí quedarme escondido debajo del sótano para ver si salía. Ya eran casi las 11 de la noche, nuestros hijos ya dormían, cuando de repente se detuvo un opala muy viejo cerca de la esquina de mi casa, que quedaba un poco aislada. En ese momento no imaginé nada, pues el coche era muy viejo, cuando de repente escuché que abrían la puerta de casa y enseguida abrían la reja de hierro que bajaba al sótano. Me asusté y corrí hacia dentro de un cuarto que había en ese sótano y dejé la puerta un poco abierta. Cuando me di cuenta de que mi esposa había bajado, encendí una vela, rompiendo un poco la oscuridad. Pensé que podía estar buscando algo, pero de repente vi llegar una silueta negra que venía por la puerta del fondo y entraba, pues la puerta ya estaba abierta. Cuando llegó cerca de la vela, pude ver que era el camarero que nos atendía con frecuencia en el restaurante al que solíamos ir, un negro alto y fuerte, hasta guapo; ella incluso me había hablado alguna vez sobre lo bueno que era el servicio que nos daban. Él fue acercándose y enseguida la besó, arrinconándola contra una mesa y apretándola de todas las formas. Solo oía sus suspiros, mientras ella lo abrazaba como loca, llena de ganas. Ella llevaba solo una camisita finísima, porque era una noche de calor, y él le pasaba la mano por todo ese culito tan a la vista y apretaba su concha contra su verga, que a esas alturas ya debía de estar durísima, porque ella se movía incontrolablemente, suspirando con cada beso que él le daba en la nuca. Él se quitó la camisa y el bermudón, quedándose solo en calzoncillos blancos, donde pude ver el bulto que se escondía, y ella se frotaba la mano queriendo devorarlo. Era un negro todo peludo. De repente ella le bajó los calzoncillos y le pidió que se sentara sobre la mesa, dejando aquella picha enorme y brillante hacia arriba, algo que solo había visto en unos pocos filmes de guarradas, porque de verdad era fuera de lo normal por el grosor, y ella, sin ninguna timidez, cosa que no hacía conmigo, empezó a lamer aquella cabezota, dejándola más brillante y dura; apenas conseguía meter la cabeza en la boca porque tenía una boquita muy pequeña, y yo empecé a imaginar cómo lograría aguantar aquello, pues se quejaba cuando yo la penetraba con mis 18 cm. Pero el ambiente se fue poniendo caliente y, a estas alturas, yo ya tenía mi verga en la mano, empezando una paja, viendo todo aquello en vivo, bien cerca de ellos. La oía decir cosas como que lo amaba, que quería ser de él, mientras le lamía el pecho peludo y al mismo tiempo se quitaba la camisita y frotaba sus lindos pechitos contra los de él, a la vez que restregaba la chochita en el cacete de él. Él agarró un colchón viejo que ella probablemente había dejado allí a propósito y se acostó boca arriba con aquella enorme vara hacia arriba; creo que debía medir unos 25 cm por unos 7 de diámetro. Ella, sin perder tiempo, se echó encima de él y se frotaba; a esas alturas ya estaba toda melosita, pues conseguía sentir el olor de su conchita excitada. Él le manoseaba el culito mientras su vara rozaba por encima de la braguita roja de encaje, la que más me daba ganas. El pedazo de verga de él pasaba por la hendidura de su culo y él intentaba apartarle la braguita para penetrarla, pero ella trataba de quitarle la mano; creo que tenía miedo de que le doliera. Él insistía y ella decía que solo lo hiciera así, que era la primera vez y tenía miedo de que le doliera, pero como la excitación era tan grande, a veces se olvidaba y la braguita ya estaba toda corrida hacia un lado, y aquella cabezota deslizándose sobre su clitorcito, queriendo entrar a toda costa. Ella agarraba la picha y la restregaba en la entrada de su conchita, pero cuando él intentaba apretar su conchita contra su verga, ella se apartaba, quedándose solo en la puertecita, en aquel ritmo alucinante. Ella se tumbó de lado y él quedó por detrás metiendo su verga, que le pasaba por la chochita y le llegaba casi al ombligo; ella se movía, se retorcía y gemía de placer al sentir aquella vara, hasta que se quedó quieta y le pidió que metiera solo la cabeza, en la misma posición. Él escupió en la mano, mojó toda la cabeza del cacete y fue metiendo despacito; ella lloraba y decía que ya basta, pero él, con calma y cariño, la abrazaba por detrás, le besaba la nuca y yo solo veía la vara enorme desapareciendo dentro de mi chochita apretadita, que hasta entonces solo yo había follado. Incluso podía ver cómo la bichita de ella estaba toda abierta, tragándose todo aquel mástil que empezaba a entrar y salir lentamente, arrancándole grititos, y ella ya pedía que siguiera, aumentando el ritmo cada vez más. Ella, en un movimiento, se tumbó sobre él, agarró su verga, la puso en dirección a su chocha y fue bajando con el cuerpo, haciendo que aquel tronco reluciente se le metiera entero; siguió meneándose y llorando sobre él hasta que él le vertió toda la leche caliente dentro, y pude incluso ver cómo corría el semen entre sus piernas. En ese momento yo también me corrí, echando semen a más de 1 m de distancia. Ella se quedó unos 5 minutos más con la verga de él dentro de su chocha; yo, incluso después del orgasmo, acabé separándome de ella, porque no tendría cabeza para soportar a mi esposa follándose a aquel negro.