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otro placer

Publicado el 21.07.2015 y traducido el 14.07.2026 Conto · Gay de jopinhe 5 min de lectura
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Hay machos que, para correrse, necesitan que haya una eyaculación. Otros se corren de otra manera.

Creo que este último es mi caso, por lo menos en algunas ocasiones. Aunque haya veces en que siga el camino de la mayoría, no siempre es así, porque experimento la misma sensación de “flotar” que acompaña al período justo después del goce, una relajación deliciosa, simplemente recibiendo —sobre todo en el culito— la corrida de un compañero que llega al clímax de manera vigorosa.

Y eso ocurre incluso cuando mi compañero ya terminó su parte en el polvo, derramando su néctar en mi boca o dentro del condón, cuando me ha follado penetrándome el ano, y nuestros cuerpos reposan antes de la próxima “batalla”. Hace pocas horas que eso pasó, una vez más...

Fue una de las locuras que hacemos casi con regularidad. Estábamos en su casa, con la excusa de que íbamos a estudiar, lo cual hicimos apenas durante una hora. En el intervalo para un tentempié, nos sirvieron un jugo con hot dog —ese mismo, que se sirve con una salchicha entera dentro del pan. Me dijo que tenía una sorpresa para mí, dejándome con curiosidad.

Cuando llevamos nuestro tentempié al cuarto, él fue primero, con los sándwiches, mientras yo tardé un poco en esperar a que sirvieran el jugo. Al entrar en la habitación donde antes estudiábamos, mi compañero ya estaba solo con camiseta y me mostraba mi hot dog: había sacado la salchicha y, como relleno del pan, no había otra cosa que su polla, morena como él entero, y ya camino de ponerse dura.

Como sus familiares estaban todos en la sala, mi corazón se disparó ante la posibilidad de que nos pillaran en pleno acto. El morbo habló más alto y enseguida estaba frente a él, de rodillas y buscando darle un trato a aquella deseada “salchicha”.

Tuvo la prudencia de echar la llave a la puerta antes de seguir con la jugarreta. Lo tiré sobre el suelo alfombrado y pronto el pan quedó olvidado y yo me deleitaba con su vara en mi boca. Con un movimiento ágil se colocó de modo que también tuvo acceso a mi cuerpo y fue quitándome la ropa, de manera que en poco tiempo ambos estábamos desnudos: él me acariciaba las nalgas y de vez en cuando me lamía el anillo, mientras yo no abandonaba su verga, ahora ya impávida como me gustaba.

El compañero no quiso correrse en mi boca y vino enseguida encima de mí. Me puso boca abajo y empezó a llevar la jugada. Ni recuerdo si llegó a usar algún lubricante, tal era mi embriaguez. Solo sé que sentía sus manos fuertes palpar las mejillas de mi culo y un pulgar presionar mi agujero, aumentando todavía más mi deseo.

Sus piernas se colocaron de forma de separar las mías, dejando a la vista, para él, la entrada del canal del placer, aún esperando algunas caricias para facilitar la invasión, dilatándose. No tardó y enseguida la cabeza de su polla “besaba” mi anillo, embadurnándolo con su lubricante natural. Un poco de presión y sus diecisiete centímetros se deslizaban dentro de mí, haciéndome gemir bajito al sentir mi ano dilatado por la penetración y la deliciosa sensación de ser así llenado por él.

Fue enterrándola despacio, siempre masajeándome el culo y abriéndome las nalgas, de un modo que me dejaba alucinado, sus dedos apretando la zona entre el ano y el saco, llevándome a querer que llegara hasta lo más hondo de mí, entrando no solo el pene, sino él entero, llenando por completo mis entrañas.

Mi compañero descansó un poco después de quedar encajado, preparándose para seguir follándome. Y así lo hizo, dando embestidas que parecían querer clavar todavía más profundamente su miembro en mis entrañas, provocando un ruido delicioso de su cuerpo contra el mío.

Por mi parte yo empinaba las nalgas hacia él y ya eran nuestras manos, las cuatro, las que se encontraban sobre mi culo como si fuera posible abrirlo aún más para que él fuera más adentro.

Con su peso se dejaba caer sobre mi espalda, después de alzarse usando los brazos. Yo me abría cuanto podía para proporcionarle el máximo placer posible, sin contar con que lo que yo mismo experimentaba también era delicioso.

Me entregaba a aquel momento y experimentaba un calor distinto, que las caricias provenientes de sus manos en mi cuerpo solo hacían aumentar, algo diferente y que me dejaba alucinado de placer. Me retorcía debajo de él, queriendo que todo él me invadiera, que aquel momento de entrega mía no terminara jamás.

Sentía todo mi cuerpo temblar sin cesar, gozando las delicias de estar siendo follado de aquella manera, la polla entrando entera, reventándome el agujerito hambriento.

Cuando por fin se corrió, sentí los chorros de esperma bañando las paredes del recto, salidos de un miembro que segundos antes parecía haber crecido dentro de mí y luego palpitaba alucinado, en espasmos que me contagiaban y me llevaron a sentir como si un rayo recorriera la columna...

Experimentaba la sensación de un placer intenso sin haber eyaculado, como si mis centros nerviosos se hubieran desplazado todos hacia el culito, ahora escocido y aún dilatado por la reciente aventura.

Entonces se desplomó sobre mí, quedando ambos descansando de la refriega. Podría llegar a tener una eyaculación más tarde, pero la sensación de goce me daba la certeza de que era precisamente de aquello que había pasado de lo que me gustaba: ser follado de una manera tan intensa y arrebatadora...

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Comentarios

Hay 1 comentarios.

Por dotadosafado en 2016-03-12 16:37:58

Me encanta una mujer traviesa a la que le gusta que la “menreen” bien, aunque a veces no tenga el valor para decir más: se muere de deseo. Después de algunas experiencias, empecé a gustarme demasiado el quedarme pensando en una mujer traviesa, o verla exhibiéndose. Incluso ayudarla a perder la timidez y a mostrar todo el deseo y las ganas reprimidas. Quién sabe, ayudándola a conocer esos deseos… y esas ganas… WhatsApp (uno, nueve, nueve, ocho, nueve, dos, dos, cuatro, uno, cuatro, ocho).

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