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dándole al sol

Publicado el 21.07.2015 y traducido el 14.07.2026 Conto · Gay de jopinhe 6 min de lectura
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Aquel sábado no tendría ningún compromiso. Pero, como andaba sin dinero, tendría que quedarme en casa. El sol estaba tentador y entonces me decidí por una diversión “de pobre”, así, tal cual. Le avisé a mi tía que estaría en la azotea tomando sol. La “azotea” era una losa levantada en la mitad final de la casa de mi tía, empezada por su marido y que jamás fue terminada, pues él acabó falleciendo antes de completar la construcción. Pensaban levantar un piso donde quedaría mi apartamento, con entrada independiente y todo.

Agarré el bronceador, una toalla y también una neverita de isopor con unas cervezas y subí. Llevaba además un libro que pensaba hojear mientras tuviera ganas y otra toalla que extendí en el suelo, además de una almohada para usarla de almohada. Una gorra y unos lentes oscuros completaban mi look de “pobre”...

A medida que el tiempo fue calentando me olvidé de dónde estaba y acabé desnudándome por completo, quitándome el bermuda e incluso los calzoncillos. Echado, intentaba leer, pero la posición era incómoda. Después de la tercera latita de cerveza las letras parecían mezclarse y desistí de la lectura. Me di vuelta boca abajo y me quedé al sol, planeando broncearme unos minutos. Acabé cabeceando...

No sé por cuánto tiempo permanecí allí, pero desperté con una sensación extraña, un peso sobre la espalda y un calor que no venía del sol allá arriba. Tenía las manos hacia arriba, las piernas abiertas y alguien —un macho, seguro— me estaba empujando por el culo. Traté de forcejear, pero era alguien más pesado que yo, colocado entre mis piernas, manteniéndolas abiertas y permitiendo que su verga encontrara sin dificultad el camino dentro de mi ano.

La glande ya estaba dentro de mi culo, que sentía baboso, mientras el pene iba penetrando lentamente en mis entrañas. ¿Quién me estaría follando de esa manera, sin siquiera despertarme, invadiendo así mi intimidad?

Volví a forcejear, pero el macho permaneció en silencio y, con una de las manos en mi nuca, impedía que moviera la cabeza en su dirección. La otra mano apretaba mi culo, muy cerca del ano, como si me lo masajeara para que la verga pudiera entrar más a gusto. Un pensamiento me vino al sentir aquella mano en ese lugar. ¡Mi primo Augusto!

—¡Augusto! —susurré, para no ser oído por mi tía allá abajo.

El macho interrumpió la invasión por un instante, pero sin retroceder ni un centímetro. La mano en mi nuca dejó de hacer presión y conseguí girar un poco el cuerpo, lo suficiente para ver quién me estaba follando el culo a esa hora de la mañana. Era de verdad mi primo.

—¿Y tú qué querías, primo? Peladito aquí arriba, con ese culo rico invitándome...

Solo acomodándose, pero sin sacar la polla de mi culo, Augusto contó que había venido a Belém para hacer unos pagos para sus padres y resolvió pasar por la casa de la tía Ana —hermana de su madre y de mi difunto padre.

—Tuve suerte, ¿no? —comentó él, moviendo la pelvis y haciendo que el miembro palpitara y entrara un poco más en mi culito.

Yo estaba casi de lado y entonces moví la pierna para quedar en una posición más cómoda. Augusto seguía vestido, apenas la verga estaba afuera. Puse la rodilla sobre su tórax y lo empujé, haciendo que se despegara de mí.

—Si es para follar, va a tener que ser bien... —me quejé, exigiendo entonces que él también se desnudara.

Mi primo entonces se apresuró a quitarse la ropa y enseguida estaba sentado sobre la toalla en la que yo estaba echado y yo me deleitaba con su vara endurecida, arrancándole suspiros y gemidos. Entonces se echó y yo fui encima de él, siguiéndole chupando mientras él lamía y azotaba mi culito con su lengua ágil y experta. Augusto debía de estar sin sexo desde hacía un tiempo, porque no aguantó ni cinco minutos y enseguida me llenó la boca de leche. Yo había follado hacía menos de una semana, pero de esa lechita uno no se cansa.

Incluso después de haberse corrido no dejé que la verga se ablandara, siguiéndola chupando con ganas y masajeándole los huevos. Entonces Augusto me dejó de nuevo boca abajo, como estaba hasta quedarme dormido, y vino encima de mí. Primero me chupó y me mordió el culo, usando los pulgares de ambas manos para dilatarme el ano; después se montó sobre mí y su verga fue entrando despacio, reventando otra vez mis pliegues.

Cuando el palo se enterró por completo, se echó sobre mí, manteniendo mis piernas abiertas y moviendo la pelvis, metiéndome la polla a empujones. Me folló así durante unos diez minutos. Luego alzó el cuerpo y, sin sacar la polla de dentro, me hizo darme vuelta y me cargó en brazos, sujetándome por las nalgas y llevándome hasta la pared cercana al tanque de agua. Yo me apoyaba en los codos sobre la bancada que había quedado a mi espalda y, entrelazando las piernas alrededor de su cintura, seguía cabalgando con gusto aquella verga que entraba y salía de mi culo.

Augusto me levantó otra vez y volvimos a la toalla. Él iba bajándome despacio y yo me deleitaba siendo follado de esa manera, sin aflojar la “tijera” que le daba con las piernas. Entonces me sujetó las piernas, las forzó y se liberó. Pero siguió sosteniéndome por los talones y continuó follándome el culo con fuerza, ahora más profundamente por la posición en la que me encontraba. No aguanté y acabé corriéndome, embarrándome la cara y el pelo.

Como siempre pasa cuando me corro con una polla clavada en el culito, éste quedó apretado todavía más por los músculos del esfínter y enseguida fue Augusto quien también se corrió, lavándome por dentro con su leche caliente y rica. El esfuerzo lo había dejado extenuado y se desplomó sobre mí, manteniendo aún la verga palpitando en mi agujerito hambriento.

Creo que nos dormimos bajo el sol del mediodía. Despertamos con el llamado de la tía Ana para que fuéramos a almorzar. Nos metimos una ducha rápido, nos secamos y nos vestimos para que nuestra tía no sospechara. Almorzamos, vimos un poco de TV y, cuando la tía se retiró para su siesta, regresamos a la losa para nuestra sesión de sexo.

Como el autobús de Augusto solo saldría a las 19h, follamos hasta las 17h. Fueron más de dos horas de sexo, suficientes para matar la nostalgia de las cogidas que tuvimos en el Interior y que no se repetían desde hacía casi un año. Me quedó el culito casi despellejado de tanto ser empujado por detrás, pero valió la pena... La verga de Augusto es de verdad muy rica...

Quedamos en vernos otra vez la semana siguiente, porque él tendría que venir a la Capital el jueves y podía encadenar el fin de semana. Como en la casa de mi tía solo hay dos cuartos —el mío y el de ella—, ya teníamos programa asegurado desde ahora para el fin de semana que venía.

Y seguramente iba a tardar una eternidad...

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Comentarios

Hay 1 comentarios.

Por dotadosafado en 2016-03-12 16:38:07

Me encanta una mujer atrevida que le gusta que la follen bien, aunque a veces no tenga el valor de decir más: se muere de deseo. Después de algunas experiencias, empecé a gustarme muchísimo quedarme mirando/ansiando a una mujer atrevida, o verla exhibiéndose, e incluso ayudarla a perder la timidez y mostrar todo el deseo y las ganas reprimidas. Quién sabe… ayudándola a conocer esos deseos… y esas ganas… WhatsApp: (uno, nueve, nueve, ocho, nueve, dos, dos, cuatro, uno, cuatro, ocho).

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