Esta historia fue traducida del portugués. Leer original Disponible en: Português Français English Italiano

¡LO DEL OTRO SIEMPRE ES MEJOR!

Publicado el 18.08.2015 y traducido el 14.07.2026 Conto · Hetero de Bem Amado 22 min de lectura
Compartir:

El título de arriba, a mi juicio, reproduce con absoluta fidelidad la definición de la codicia, especialmente en lo que respecta a lo contenido en el noveno y el décimo mandamientos cristianos/judíos, es decir, codiciar a la mujer del prójimo, que también pertenece a lo ajeno. Y en ese aspecto, creo que la gran mayoría de los hombres codician a la mujer ajena. Y esa codicia no tiene nada que ver con posesión, sino con conquista. Y yo, en particular, jamás tuve interés por mujeres casadas.

No porque tuviera miedo de eventuales represalias, ni siquiera porque exhiba un falso puritanismo. Jamás hice de eso una profesión de fe; es verdad que, en más de una ocasión, giré el cuello, examinando un trasero más prominente o unas curvas más sinuosas de mujeres por la calle, pero en ningún momento fui detrás con la intención de acosar y sacar ventaja.

Sin embargo, hubo una ocasión en que eso ocurrió sin que yo tuviera control sobre la situación. Había una mujer madura, de cuerpo con formas que me atraen más de lo normal (plus size), con quien me encontraba a diario cuando iba y volvía del trabajo. Su nombre era Ivone, y tenía un quiosco de bocadillos y jugos en la entrada del estacionamiento donde dejo mi coche.

Ivone era una mujer deliciosamente agradable y con una conversación muy acogedora; tenía los ojos vivos y encendidos, que delataban una sensualidad camuflada, como un volcán que podía, en cualquier momento, estallar de calentura y deseo. Su cuerpo era una nota musical vibrante, de formas voluptuosas y atractivas, aun teniendo más de cincuenta años.

Habitualmente, yo la saludaba efusivamente por la mañana, cuando llegaba al trabajo, y por la tarde, cuando regresaba a casa; en todas las ocasiones, Ivone era acogedora y muy simpática. Su sonrisa y su alegría me cautivaban, pero nos quedábamos solo en ese clima. Yo no la conocía más íntimamente, no sabía nada sobre ella ni sobre su vida personal.

Cierto día, cuando me dirigía al estacionamiento, a fin de recoger mi coche y volver a casa, me encontré con Ivone preparándose también para regresar a la suya. La saludé con la misma alegría de siempre y recibí un saludo acompañado de una enorme sonrisa. Sin pensar en las consecuencias, me arriesgué a hacer un comentario.

-¿Puedo decirte una cosa, mi linda? -pregunté con aire despreocupado, pero serio.

-¡Claro que puedes! -respondió ella con otra sonrisa preciosa.

-Si estás casada -dije yo- él es un hombre muy afortunado.

-¡Sí, estoy casada! -respondió ella, sin perder la cadencia de sus caderas- Pero mi hombre nunca ha sabido ver lo que tiene en casa.

No sé explicar por qué, pero aquella frase me sonó de un modo diferente..., no fui capaz de interpretarla como algo provocador, sino solo como un desahogo de una mujer infeliz. Me acerqué un poco más a ella y empezamos a hablar del tema. Después de algunos minutos, Ivone me confesó que su marido era un buen hombre, honesto y trabajador, que jamás había dejado de cumplir sus obligaciones como esposo..., pero lo mismo no ocurría con respecto a sus obligaciones como macho.

Aquel comentario cayó como una bomba sobre mi cabeza y, de repente, me puse a pensar que aquella conversación iba camino de una posibilidad más íntima. Como Ivone ya había terminado sus actividades y cerrado el quiosco, la invité a tomar un café en un local cercano. Ivone, al principio, vaciló, pero después de algunos minutos aceptó de buen grado la invitación.

Como el lugar quedaba muy cerca, fuimos a pie, caminando y conversando, sin que yo insistiera en el asunto relativo a su marido. Nos sentamos en una pequeña mesa y pedimos dos expresos. Bebimos y conversamos un poco más, aún dejando al margen su relación conyugal.

Habíamos terminado nuestra bebida y yo le pregunté si quería tomar otra cosa, e Ivone me miró y, después de algunos minutos de silencio, comenzó un enorme y contenido desahogo. Dijo que mi elogio había encendido algo dentro de ella y la había hecho replantearse su vida conyugal. Confesó que su marido había sido su primer y único hombre. Se conocieron muy jóvenes y, como todos los jóvenes, se involucraron; ella quedó embarazada, se casaron y fueron a vivir juntos..., todo eso muy temprano, sin más experiencias ni otros vínculos.

Al principio, continuó, todo era un deseo ardiente y sin límites. Ivone y su marido follaban todos los días, en todos los rincones de la casa, y se divertían de todas las formas posibles..., hasta que..., todo se enfrió de golpe. Simplemente, aquella relación se había perdido. Su marido se distanció, se desdobló para sostenerla a ella y a su hijo, pero, al mismo tiempo, ya no había calentura.

Ivone todavía me confió que sospechaba que su marido tenía otra mujer (o varias, no lo sabía bien), y que ella había quedado relegada al papel de madre, cuidadora de la casa y colaboradora en los ingresos..., ¡solo eso y nada más! En ese momento, sus preciosos ojos se llenaron de lágrimas y yo me sentí un canalla, sacando a la luz toda la frustración de una mujer mal amada.

Intenté consolarla, diciendo que tal vez sus sospechas no pasaran de eso mismo, solo sospechas, y que en el futuro su relación volvería a ser lo que era (es bien cierto que dije eso sin una pizca de credibilidad). Ivone me sonrió y agradeció mi intento de consolarla, pero ella sabía que su matrimonio había perdido definitivamente su razón de ser.

Instintivamente, tomé su mano y la apreté con fuerza; Ivone me miró con esos ojos que todavía brillaban bajo las lágrimas retenidas y sonrió. Pagué la cuenta y volvimos al estacionamiento, pues su coche también estaba aparcado allí. En el trayecto, se detuvo, me miró y preguntó si podía abrazarla. Y al instante siguiente, yo tenía a aquella mujer deliciosa entre mis brazos, sintiendo su calor, su rico olor y su aliento dulce.

Quedamos abrazados, sin ninguna gana de separarnos. Yo podía sentir una ola de deseo tomando forma dentro de mí, con impulsos de besarla y decirle lo deseable e insinuante que era. Y el beso que vino a continuación fue una consecuencia natural de lo que sentíamos el uno por el otro en aquel momento, pues fue un beso caliente, provocador y repleto de calentura.

De repente, Ivone se apartó de mí, pidiendo disculpas y diciendo que aquello era un error que no debíamos repetir. Se disculpó más de una vez y se fue sin mirar atrás. Yo me quedé allí, donde estaba, estático e incapaz de cualquier reacción. No me gustó lo que había pasado, sobre todo porque no era mi intención herir a Ivone ni tocar una herida abierta. Me fui a casa con un mal sabor de boca...

Al día siguiente, cuando llegué al estacionamiento, me sentí incómodo al encontrarme con Ivone, e incluso pensé en evitarla, pues todavía sentía un malestar dentro de mí. Sin embargo, me armé de valor y seguí adelante. Y, para mi sorpresa, ella no estaba allí. Su quiosco estaba cerrado y eso me entristeció aún más.

Al final de la tarde, al volver al estacionamiento, tuve otra sorpresa; el quiosco seguía cerrado, ¡pero Ivone estaba allí! Parecía esperar a alguien y no tardé en darme cuenta de que ese alguien era yo. Respiré hondo y me acerqué a ella, esperando lo peor.

Cuando nos encontramos, Ivone simplemente se lanzó a mis brazos y me besó ardorosamente, casi dejándome sin aliento e incapaz de esbozar cualquier reacción. En los momentos que siguieron, dejé que mi instinto hablara más alto que mi conciencia, y devolví el beso con otro todavía más caliente y húmedo.

Las manos de Ivone recorrían mi espalda, apretándome contra ella y permitiéndome sentir, una vez más, el calor delicioso del cuerpo de aquella mujer exquisita. Cuando nos separamos, me miró fijamente a los ojos, dejando claro que el beso quería decir algo más.

-¿Me llevas a la cama? -pidió con la voz casi en un susurro- Por favor, hazme sentir mujer otra vez..., ¡lo necesito mucho!

-¿Vienes conmigo? -fue la frase que salió de mi boca sin el menor recato.

-¡No! -respondió ella- Hoy no..., mañana por la mañana..., ¿puede ser? ¿O no puedes?

-¡Claro que puedo! -exclamé- Cuando quieras yo...

-Mañana, entonces -me interrumpió- Te espero aquí... sobre las nueve... ¿te va bien?

Asentí con la cabeza en señal tácita. Ivone me besó una vez más y se fue sin mirar atrás. En el trayecto no podía pensar en otra cosa que no fuera aquel pedido hecho por una mujer casada y que había encendido en mí una calentura desquiciada. Puede parecer increíble, pero aquella noche no conseguí cenar y dormir fue una tortura china, con los minutos pareciendo siglos, arrastrándose con una lentitud que ponía a prueba los límites de mi cordura.

Eran las cinco de la mañana cuando decidí que ya no podía seguir acostado. Me levanté, me duché y me afeité. Salí de casa poco después de las seis, lacónico y sin poder pensar en una excusa, ya fuera para mi mujer o para justificar mi ausencia del trabajo, solo pensando en Ivone y en su frase, que resonaba en mi mente: “¿Me llevas a la cama?”.

No eran las siete cuando estacioné mi coche y apagué el motor. Me recosté en el asiento, pensando en lo que estaba por suceder..., ¡iba a irme a la cama con una mujer casada! Para la mayoría de los hombres eso puede parecer algo común, corriente incluso..., pero para mí era diferente..., algo que jamás había pensado hacer ni que hubiera formado parte de mi universo particular de fantasías.

Eché una cabezada, y cuando desperté, pasaban de las ocho y media. Salí del coche y fui a tomar un café para animarme y espabilarme. En el momento en que regresaba al punto de encuentro, vi a Ivone esperándome. Llevaba un vestido negro un poco por encima de las rodillas y, lo confieso, nunca había visto sus piernas, ¡y eran preciosas! Me detuve y respiré hondo, pensando en el “todo o nada”, y seguí adelante. En cuanto me vio, abrió una sonrisa nerviosa e inquietante.

Por un momento, la idea de que había desistido de nuestro encuentro asaltó mi mente y sentí un nudo en el pecho. Sin embargo, apenas me puse frente a ella, Ivone me abrazó y me besó con el mismo ardor de antes. Nos quedamos allí, abrazados, besándonos como dos adolescentes locos el uno por el otro, y cuando nos soltamos, tomé su mano y la conduje hacia mi coche.

Entramos y arranqué en dirección a un motel que quedaba por la zona. Durante el trayecto sentí la mano de Ivone posarse sobre mi muslo y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. En la recepción, mientras yo pedía una suite y la recepcionista recogía nuestros documentos de identidad, Ivone llevó su mano hasta mi entrepierna y sintió la polla dura que se abultaba dentro del pantalón. La miré y recibí de vuelta una sonrisa apurada.

Ya instalados en la suite, podía sentir la incomodidad de mi pareja, pues estaba claro que hacía mucho tiempo que no se aventuraba en una experiencia como aquella. Se quedó mirando la cama redonda, los espejos en las paredes laterales y en el techo, todo con un aire mezcla de curiosidad y de contenida excitación. Me acerqué a ella y la abracé por detrás, sintiendo su calor y besándole la nuca, mientras mi bulto presionaba sus nalgas firmes.

Ivone abrazó mis manos y se entregó a mis besos y caricias. Pronto se volvió hacia mí y nos besamos de nuevo. Después, Ivone se apartó un poco y comenzó a desnudarse; soltó el vestido y dejó que resbalara hasta el suelo, mostrándome toda su desnudez, pues en ese momento me di cuenta de que no llevaba nada más debajo.

Sus pezones estaban erizados y su piel parecía temblar, mostrando un insinuante movimiento involuntario. Yo estaba paralizado por la exuberancia de mi pareja, que era una mujer impresionante. Ivone volvió a acercarse a mí y, con la mirada avergonzada, balbuceó una petición.

-Quítate la ropa..., así me estoy poniendo demasiado nerviosa...

En minutos, yo estaba desnudo, e Ivone me miró, examinándome detenidamente, en especial cuando fijó la vista en mi entrepierna. Al instante siguiente, Ivone tenía mi polla en las manos, apretándola con cariño y acariciándome los huevos, mientras yo mamaba de sus pechos deliciosos, sintiendo la textura madura de sus pezones hinchados entre mis labios. Sujeté aquellos melones preciosos con las manos y alterné chupadas y lamidas que dejaban a mi pareja loca de calentura.

Mientras saboreaba aquellos pechos preciosos, llevé una de mis manos hasta la vagina de Ivone y, tras una rápida exploración, percibí que estaba húmeda y que el clítoris estaba hinchado; empecé a frotarlo con los dedos con cariño, sintiendo que mi caricia le había causado una buena dosis de excitación. De repente, Ivone me tiró de la polla hacia la cama y se arrojó sobre ella, llevándome consigo.

Caí sobre ella oyéndola suplicarme que la follara; Ivone mostraba un cierto desespero que, creo, se debía en aquel instante a la posibilidad de liberarse de una abstinencia forzada por la ausencia presente del marido. Hundí mi polla en su coño de una sola embestida, haciendo que Ivone jadeara y apretara los dientes. Temí causarle más dolor que placer y le pregunté si estaba bien; ella asintió con la cabeza.

Comencé a meterla con embestidas profundas, con una sensación de incomodidad, ya que Ivone no estaba totalmente lubricada, y seguí con cierto cuidado para no hacernos daño. Mientras follábamos, no conseguía sentir que Ivone estuviera disfrutando de aquella follada, como si la molestia causada por la penetración le trajera sensaciones indeseables. Seguí metiéndola y, al cabo de un rato, me di cuenta de que Ivone resistía mis embestidas con el rostro contraído.

En un momento dado, cesé los movimientos y me aparté de encima de ella, tumbándome a su lado. Abracé a Ivone y me quedé mirándola, preocupado por aquella mujer hermosa y por su incapacidad para sentir placer. De repente, empezó a quejarse entre sollozos y yo, muy preocupado, le pregunté qué estaba pasando.

-Perdóname, mi lindo -dijo con la voz cargada de vergüenza- Creo que te hice perder tiempo y dinero conmigo...

-¡De ninguna manera! -repliqué con cariño- No te pongas así; no te culpes..., eso pasa..., al fin y al cabo llevas mucho tiempo en sequía.

-¡Esa es mi condena! -se desahogó Ivone con aire de frustración- Incluso al principio de mi matrimonio siempre tuve muchísima dificultad para correrse..., y creo que eso acabó cansando a mi marido.

Seguía abrazado a ella, reflexionando sobre lo que había dicho; era realmente una situación embarazosa y yo me sentía en la obligación de darle algo de placer a aquella esposa mal amada. Después de unos minutos, se me ocurrió una idea.

-¿Ya te han chupado? -le pregunté de sopetón.

-¿Yo? ¡No! ¡Imagínate! -exclamó ella con cierto aire de pudor.

Le pedí entonces que abriera las piernas para mí; Ivone se resistió diciendo que eso no resolvería nada y que se trataba de un problema sin solución. Insistí, incluso pidiéndole que cerrara los ojos. Ante mi insistencia, Ivone no vio otra alternativa que hacer lo que le había pedido; abrió las piernas y yo bajé hasta el centro de ellas, hundiendo mi rostro en su vulva y empezando a lamerla con cariño.

Cuidé los labios mayores, la zona alrededor y, después de algún tiempo, empecé a “trabajar” el clítoris. Es bien cierto que las sensaciones tardaron en surgir, pero cuando ese proceso comenzó, Ivone reaccionó más allá de mis expectativas. Empezó a gemir y a retorcerse, loca con los espasmos y escalofríos que recorrían su cuerpo. Del mismo modo, sentí su vagina convertirse en un pequeño riachuelo caudaloso, caliente y de sabor agridulce, denotando que estaba sintiendo placer.

-¡Ay, qué locura! -exclamó mientras jadeaba y suspiraba- Nadie me había chupado nunca..., es delicioso..., y tú, pillín, ¡eres muy bueno en esto!

Yo me sentía premiado; al fin y al cabo, había conseguido darle algo de placer a mi pareja y la confirmación llegó momentos después cuando anunció a los gritos su primer orgasmo conmigo.

-¡Uiiiiiiiiii! -gimió ella- ¡Qué bueno! Estoy..., estoy..., ¡corriéndome, ahnnn!

Seguí con mi empeño chupando y lamiendo aquella vulva toda embadurnada y haciendo que mi pareja se corriera unas cuantas veces más. Su cuerpo temblaba y su piel se erizaba, mientras repetía que se estaba corriendo como nunca.

Sin darle tregua, le pedí a Ivone que se pusiera a cuatro patas y cuando adoptó la posición, me coloqué detrás de ella y hundí mi polla en su coño. Ivone gimió alto y se deleitó con la penetración. Al mismo tiempo, me incliné hacia delante y, con una de las manos, empecé a frotarle con cariño el clítoris, sin descuidar los movimientos de vaivén repetitivos e intensos.

-¡Ay, así está muy bien! -elogió ella, mientras empujaba su trasero contra la polla dura, en movimientos sincronizados- Eso, mi calentura..., no pares..., ¡hazme tu hembra!

La follamos durante mucho tiempo, e Ivone experimentó otra sabrosa secuencia de orgasmos sucesivos y abundantes. Yo me sentía un macho realizado, porque había hecho algo que me enorgullecía: darle placer a una mujer que, desde hacía mucho tiempo, ya no sabía exactamente qué significaba esa palabra.

-¡Creo que ya no aguanto más! -dije casi a gritos- ¡Necesito corrérmela!

-Dentro de mí, no, por favor! -suplicó Ivone- Yo no tomo pastillas y no puedo quedarme preñada así.

Inmediatamente, saqué la polla de dentro de mi pareja y le pedí que terminara el “trabajo”. Me quedé arrodillado sobre la cama, mientras Ivone me hacía una vigorosa paja que me llevó al orgasmo en pocos segundos. Eyaculé como un animal, gruñendo y respirando con dificultad, mientras los chorros de semen eran lanzados por todas partes. En el momento en que todo terminó, me desplomé al lado de Ivone, durmiéndome profundamente.

Desperté, algunas horas después, con las caricias de Ivone que me acariciaba la polla y me lamía el pezón; aquello me fue excitando hasta sentir la verga endurecerse de inmediato. Ivone dejó de acariciarla y pasó a masajearla, dejándome aún más “armado”. Pero, en el momento en que hice ademán de subir sobre ella, Ivone apretó mi polla y me miró con una mirada lánguida.

-¿Será que puedo pedirte una cosa? -preguntó ella avergonzada y casi susurrando.

-Claro que puedes, mi linda -respondí, sonriéndole.

-Mi marido -continuó ella- nunca ha querido hacer eso..., dice que es asqueroso..., que no tiene gracia..., pero yo lo quería muchísimo...

-¿Quería qué, rica? -pregunté, animándola a seguir.

-Quería que me follaras el culo...

La frase vino con tanta intensidad que me pilló por sorpresa. ¡Follar un culo virgen! ¿Estaba soñando? ¿Sería realmente verdad?

-Ya he jugado con él -dijo ella con un aire medio pícaro- me metí un dedo y después...

-¿Después qué? -pregunté, curioso y excitadísimo.

-¡Ay, ya sabes! -dijo, muy avergonzada.

-Me compré un vibrador pequeño y... -interrumpió ella con temor de seguir- creo que vas a pensar mal de mí..., pero fue rico..., sentir aquel aparatito dentro de mí...

-Y entonces... -continuó, tras una pequeña y pudorosa pausa- quería saber cómo es..., ya sabes...

Le pedí a Ivone que se pusiera boca abajo para mí, a lo que accedió de inmediato. Con mucho cuidado, entreabrí sus nalgas y hundí mi rostro en busca del boquita de mi pareja. Pronto mi lengua estaba lamiendo delicadamente el ano de Ivone que, por su parte, gemía y suspiraba llena de calentura. Apreté sus nalgas, abriéndolas aún más, mientras me divertía jugando con aquel boquetito virgen.

Llevé a Ivone al borde de la locura, gimiendo y meneando el culo con mi lengua en su trasero; luego, endurecí la lengua y simulé una penetración. En cuanto la puntita entró en el boquetito de Ivone, ella gimió alto, dejando claro que le había gustado..., ¡y mucho!

Me levanté de la cama y fui corriendo hasta la mesita lateral, buscando un tubo de KY; volví con él y, después de abrirlo, embadurné el culito de Ivone, llegando incluso a meter un dedo en su interior. Ivone soltó un gritito, seguido de una risita bastante golfa.

Le pedí que se pusiera a cuatro patas y, después de engrasar la polla con el gel, la sujeté por las nalgas y avancé en dirección a mi premio. Dejé que el glande penetrara lentamente y, en el momento en que desgarró la primera resistencia muscular de mi pareja, ella gimió alto y movió el trasero. Por un momento, pensé que el dolor y la molestia habían sido insoportables para ella..., ¡me equivoqué!

-¡Ay, qué rico! -dijo Ivone con la voz entrecortada- ¡La puta madre! ¡Esto está buenísimo! Vamos..., mete esa polla dentro de mí...

Sorprendido y, al mismo tiempo, excitado, seguí adelante, dejando que la polla se deslizara dentro de mi pareja con un movimiento lento y cadencioso. A medida que la polla avanzaba, Ivone se retorcía, pero también resistía pidiendo más. Finalmente, hundí mi polla en las entrañas calientes de mi pareja y empecé a embestir con movimientos que se volvían, poco a poco, más vigorosos y rápidos, hasta llegar al punto en que follábamos impetuosamente.

Ivone empezó a responder a mis movimientos, de tal modo que estábamos sincronizados, yendo y viniendo con la polla entrando y saliendo del culito desvirgado de mi pareja, que gemía, suspiraba, jadeaba y, en algunas ocasiones, gritaba anunciando la llegada de un nuevo orgasmo. Se corrió tantas veces que yo mismo dejé de contarlas, aprovechando al máximo aquella follada maravillosa con una mujer casada.

Pasado un tiempo, sentí que mis energías estaban al límite y le confesé a mi pareja que no conseguiría retener por más tiempo mi orgasmo.

-Entonces, ¡córrete! -pidió Ivone en tono de súplica- Córrete dentro de mi culito..., al fin y al cabo..., él te pertenece...

Una vez más, la frase de mi pareja sonó como un delicioso incentivo para que me sintiera el mayor macho de la tierra..., y entonces, me corrí... Eyaculé abundantemente dentro de Ivone, que suspiraba diciendo adorar aquella ola de leche caliente invadiendo su interior. Todo se consumó cuando mi polla se ablandó lentamente, resbalando fuera del ano de mi pareja.

Sudados y exhaustos, aprovechamos para echar una cabezada abrazados y entre besos húmedos y repletos de voluptuosidad.

Era casi el final de la tarde cuando entreabrí los ojos, ante el ruido marcado de la ducha en funcionamiento. Me levanté y, con pasos desacompasados, caminé hasta el baño y vi a Ivone tomando una ducha refrescante. La visión de aquella mujer desnuda bañándose me dejó encantado. A diferencia de otras veces, la imagen de Ivone, una mujer rica, buena en la cama y casada, desnuda después de una tarde entera de sexo intenso, me provocaba una extraña, pero también deliciosa sensación de “macho alfa”, que conquista a una mujer y la convierte en la mejor de las amantes.

De repente, me sacó de mi ensueño la sonrisa de Ivone y su mano invitándome a acompañarla bajo aquella ducha reconfortante. Entré en el box y fui inmediatamente abrazado por mi pareja, que se frotó contra mí como una gata mimosa, provocando una vez más mi libido.

Sinceramente, pensé que la cosa iba a torcerse, ya que no me sentía preparado; sin embargo, para mi mayor sorpresa, la polla se endureció, presionando la piel del vientre de mi pareja que, sin perder tiempo, se arrodilló y se tragó la polla, mamándola con voracidad.

Ivone sabía muy bien cómo chuparle a un macho y mi polla fue testigo de una nueva, súbita e inédita erección, haciendo que el glande palpitara y mi cuerpo se tensara. Sin rodeos, hice que Ivone se levantara y se diera la vuelta, pidiéndole que empinara el trasero, permitiéndome penetrarla de una sola embestida. Gimió al sentir la polla dentro de ella una vez más.

La follamos bajo la ducha, entre gemidos y suspiros, con mis manos jugando con sus pezones y las suyas acariciando mi cuerpo. Ella se corrió dos veces, diciéndose premiada por mí, y no tardé en pedirle que terminara conmigo, ya que no podía corrérmela dentro de ella.

Ivone se volvió hacia mí, volvió a arrodillarse y engulló la polla, chupando y simulando con su boca un clítoris apretadito y bien engrasado. Me corrí y quedé aún más sorprendido al ver a mi pareja tragándose la leche con una sonrisa en los labios.

La noche ya había llegado cuando estacioné cerca de nuestro lugar de encuentro para que Ivone pudiera irse. Sonreímos el uno al otro y nos besamos varias veces. Parecía difícil separarnos después de una tarde en la que nos disfrutamos con una cercanía más íntima que la de cualquier pareja. Habíamos hablado de nuestras vidas y, en aquel momento de despedida, ya no había palabras suficientes para demostrar lo que sentíamos el uno por el otro.

-No sé si habrá otra vez -dijo Ivone mientras abría la puerta del coche- Así como tampoco sé cómo será mi relación con mi marido a partir de hoy..., lo que sé y siento..., es que fue muy bueno, y que tú fuiste simplemente maravilloso..., ¡gracias, de verdad!

Ivone no esperó ningún comentario mío. En su lugar, saltó del coche y siguió sin mirar atrás. Mientras la veía desaparecer de mi vista, pensaba en lo que me había dicho; tuve ganas de decirle que mi vida también había cambiado..., como también quería haberle dicho que mi relación conyugal ya no era de las mejores desde hacía mucho tiempo..., pero pensé enseguida que tal vez fuera mejor así..., todo implícito, y nada explícito...

Arranqué el coche y volví a casa..., Ivone y yo volvimos a vernos muchas veces después de nuestro encuentro, pero, al cabo de algunos meses, ella le vendió el quiosco a su cuñada, que me dijo que había decidido abrir otro en un centro comercial lejos de allí..., “mejor así”, pensé yo, conformándome con la voluntad del destino..., hasta hoy espero que Ivone y su marido se hayan reencontrado en la cama..., sinceramente...

Más textos de Bem Amado

LA CORONA TATUADA

Comentarios

Hay 2 comentarios.

Por dotadosafado en 2016-03-12 16:37:10

Me encanta una mujer traviesa que le gusta que la follen de verdad, aunque a veces no tenga el valor de decir más: se muere de deseo. Después de algunas experiencias, empecé a gustarme muchísimo quedarme con fantasías sobre una mujer traviesa, o verla presumir. Incluso la ayudo a perder la timidez y a mostrar todo el deseo y las ganas reprimidas. Quién sabe… ayudándola a conocer esos deseos… y ganas… WhatsApp (uno, nueve, nueve, ocho, nueve, dos, dos, cuatro, uno, cuatro, ocho).

pt-br → es

Por dd en 2015-12-08 16:43:22

hola

pt-br → es