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Mi primera maestra

Cuento · Primera Vez de Lucas 3 min de lectura
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Todo empezó cuando tenía 18 años. Era «medio virgen»: había tenido uno o dos polvos y no sabía gran cosa de sexo.

Entonces empecé a trabajar con Beth, una mujer madura de 42 años. Estaba casada y tenía dos hijos. Rubia, alta —creo que medía 1,70 m—, con los pechos medianos, la cintura fina y el culo grande y respingón, era una madura que llamaba muchísimo la atención por todos los sitios por donde pasaba.

Como trabajábamos juntos en la oficina, era algo así como mi jefa, pues dirigía mi departamento. Así fue surgiendo cierta intimidad entre nosotros. Merendábamos juntos, a veces almorzábamos y, de vez en cuando, hasta me invitaba a reuniones familiares en su casa, barbacoas y demás. Incluso me hice amigo de su marido, un corinthiano fanático.

Bueno, pues un día Beth y yo salimos a almorzar y, entre charla y charla, salió el tema del sexo.

Beth me contaba que, cuando follaba con su marido, rara vez llegaba al orgasmo. Me dijo que lo amaba, pero que no sabía qué pasaba. Después me preguntó:

—¿Y tú y tu novia son felices sexualmente?

Me quedé sin palabras en ese momento, porque ni siquiera tenía novia.

Así que, muerto de vergüenza, respondí:

—¡No tengo novia!

Al darse cuenta de mi apuro, fue todavía más lejos:

—¿Eres virgen?

Me puse rojo como un tomate y le respondí que sí... Bueno, más o menos, dije.

Terminamos de almorzar y me pidió que me quedara hasta más tarde para terminar de mecanografiar unos informes muy importantes. Todos se fueron y nos quedamos Beth y yo en su despacho. Yo tecleaba los informes y ella revisaba los que ya estaban listos.

Entonces me lo soltó a bocajarro:

—¿De verdad eres virgen?

Le dije que sí.

Entonces dijo:

—¿Quieres perder el virgo?

Respondí:

—¡Claro que sí!

Me dio un beso con lengua delicioso, me quitó la camisa, me mordió los pezones y me bajó los pantalones. Me quedé solo en calzoncillos. Me pidió que le fuera quitando toda la ropa, y la dejé completamente desnuda, en pelotas. Yo tenía la polla dura como una piedra. Jamás imaginé tener delante a una mujer tan buena.

Entonces dijo:

—Chúpame el coño... ¡Chúpamelo, mi virgencito!

Yo ni siquiera sabía cómo hacerlo, pero ella me fue enseñando. Se puso empapadísima. Después me quitó los calzoncillos, vio mi polla y dijo:

—¡Joder, qué polla tan enorme!

Entonces me la mamó como una puta. Me corrí enseguida, para lo poco que sabía, pero mi polla no se ablandó.

Entonces dijo:

—Siéntate ahí...

Y se sentó encima de mi verga, moviéndose, contoneándose y gritando:

—¿Te está gustando perder el virgo, virgencito?

Después se puso a cuatro patas delante de mí, y yo no me hice de rogar: se la metí por detrás. Ella gemía y no paraba de menear el culo, hasta que una vez más me corrí como nunca. Me estremecí entero; me ardía el vientre de tanto calentón.

Follamos varias veces, hasta que su marido, que trabajaba en una empresa que se estaba mudando de ciudad, y la familia de Beth se marcharon. Fui a visitarla dos veces más, pero luego perdí el contacto.

Pero le debo muchísimo a Beth, que me enseñó todo lo que sé sobre sexo. Hoy siento una fuerte atracción por las maduras, por las mujeres experimentadas.

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