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Mi mayor regalo: la primera vez de mi mujer con otro hombre

Cuento · Cuckold de Hans 6 min de lectura
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Llevamos seis años casados, mi mujer y yo. Siempre hemos tenido una vida sexual buena y bastante normal, como tantas parejas. El único problema era que a ella no le gustaba demasiado mimarme el pene con la boca, aunque yo cuidaba muchísimo la higiene. Se lo pedía a menudo, porque a ella le encantaba que yo la complaciera con la lengua, y yo le explicaba que a mí también me gustaba. Aun así, en los seis años de matrimonio solo me hizo una mamada unas cuatro veces.

Hace unos dos años empecé a fantasear con ver a mi mujer con otro hombre. Como se había casado siendo virgen y no había conocido a ningún otro hombre aparte de mí, quería darle la oportunidad de vivir nuevas experiencias. Pero, por su educación tan estricta, siempre lo rechazaba. Me decía que jamás se acostaría con otro, porque conmigo estaba completamente satisfecha y no veía motivo para hacerlo.

Lo único que aceptaba en nuestros momentos juntos era que yo me imaginara —y a veces ella también lo hacía— que estaba con otro hombre, más alto y más corpulento que yo. Pero todo eso no pasaba nunca de ser parte de nuestra fantasía compartida.

Un día le propuse ir a un club swinger. Al principio no quiso ni hablar del tema, pero al final conseguí convencerla. Una noche de sábado fuimos juntos. Mi mujer es muy atractiva, delgada y tiene una figura muy juvenil. Nada más llegar, noté las miradas de muchos hombres, e incluso de algunas mujeres.

Entramos en una sala en la que algunas parejas estaban intimando mientras otras miraban. Allí vi que un hombre empezó a acariciarla con cuidado. Al principio quiso marcharse enseguida y me dijo que se sentía incómoda. Pero le pedí que se quedara un momento más y que simplemente dejara que el ambiente la envolviera.

Poco a poco fue relajándose. Noté que respiraba más deprisa. Sin pensárselo mucho, al final giró la cabeza hacia aquel hombre tan atractivo que la había acariciado y lo besó con pasión, de una forma en que hacía mucho que no me besaba a mí.

Cuando vi aquello, me inundó una excitación brutal.

Después volvimos a nuestra mesa y hablamos de ello. Me confesó que estaba muy excitada y que podía imaginarse con aquel desconocido. Así que llamé al hombre a nuestra mesa y le expliqué sin rodeos lo que nos habíamos imaginado.

Entre los tres decidimos seguir la noche en otro sitio.

Fueron juntos a un motel. Al llegar, el hombre primero se metió a ducharse. Poco después mi mujer se unió a él. Pasaron un rato bajo el agua, besándose y muy cariñosos el uno con el otro.

Yo contemplaba la escena completamente encendido. Sobre todo me llamó la atención que aquel hombre era mucho más grande que yo. Cuando terminaron, se secaron mutuamente y luego fueron juntos hacia la cama.

Al pasar junto a mí, mi mujer me sonrió con picardía y me preguntó si de verdad estaba de acuerdo y si no me pondría celoso. Yo le respondí que esa era mi mayor fantasía sexual.

El hombre me miró y dijo: «Es una mujer preciosa. Gracias por tu confianza».

Después se sentó en la cama y le pidió que le hiciera una mamada. Para mi sorpresa, ella accedió enseguida. Mientras yo miraba, fui consciente de hasta qué punto se había entregado a aquella situación.

Al poco rato, su erección ya se veía claramente. Finalmente anunció que estaba a punto de correrse. Otra vez me sorprendió mi mujer, porque se lo comió hasta el final.

Luego se volvió hacia mí sonriendo y me pidió que la besara. Lo hice mientras el hombre seguía mimándola con ternura al mismo tiempo. Poco después, ella también llegó al orgasmo.

Cuando se calmó un poco, le pidió que se acostara con ella. Pero quería que yo mismo le cogiera la mano y lo llevara hacia ella. Le concedí ese deseo. Después me aparté un poco para que los dos pudieran vivir su momento juntos.

Al principio ambos pidieron ir despacio. Poco a poco ella se fue soltando y acostumbrando a la nueva experiencia. Una y otra vez decía lo intenso que se sentía todo y cuánto estaba disfrutando ese instante.

Yo observaba la escena completamente excitado y tenía la sensación de que una fantasía largamente acariciada por los dos se estaba haciendo realidad.

Durante el resto de la noche, los dos siguieron con su encuentro íntimo mientras yo los miraba. Para mi mujer era una experiencia totalmente nueva, y repetía que muchas cosas se sentían distintas de todo lo que había conocido hasta entonces. Yo también estaba muy metido emocionalmente en el momento, porque se estaba cumpliendo una fantasía de la que llevábamos mucho tiempo hablando.

Varias veces me dijo que estaba disfrutando la situación y que le sorprendía lo intensamente que percibía aquellas sensaciones nuevas. Sus palabras aumentaban todavía más mi propia excitación, y al final yo también me corrí, solo con lo que veía y oía.

Después de que ambos descansaran un poco, el hombre le preguntó si quería explorar más límites. Al principio ella se negó y dijo que eso sería demasiado para ella. Pero él le prometió ir con muchísimo cuidado y despacio. Al final aceptó bajo esa condición.

Con mucho lubricante y mucha prudencia, fueron paso a paso. Al principio ella estaba tensa, pero al poco tiempo se fue relajando cada vez más y pidió que siguieran despacio. Todo ocurrió con delicadeza y sin prisas.

Mientras tanto, ella me miraba de vez en cuando y hacía comentarios en broma, como los que ya conocíamos de nuestros juegos de rol. Decía que aquella noche era algo muy especial para ella y que nunca había pensado que llegaría a vivir una experiencia así.

Cuando la noche llegó por fin a su fin, nos despedimos de aquel hombre y lo acompañamos hasta una parada de taxis. De camino a casa, mi mujer y yo hablamos largo y tendido de todo lo que había pasado. Ella se mostraba feliz y satisfecha, y yo también tenía la sensación de que juntos habíamos hecho realidad una fantasía largamente deseada.

Ya en casa, me dio las gracias por confiar en ella. Yo le respondí que, precisamente por eso, nuestra relación era tan valiosa para mí: porque podíamos hablar con total franqueza y explorar juntos nuestros deseos. Para mí, no necesitábamos secretos ni infidelidades; nuestra apertura era el fundamento de nuestro matrimonio.

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