Mis primeras veces con Marco Antonio
Publicado el 01.03.2018 y traducido el 14.07.2026 Conto · Gay de Re Souza 6 min de lecturaTodo ocurrió en Río de Janeiro y yo estaba entrando en la adolescencia; en aquella época vivía con mis abuelos, en Tijuca.
Cierto día, al final de la tarde llegó el ahijado de mis abuelos para quedarse a vivir con nosotros. Se llamaba Marco Antonio, era de Espírito Santo y estaba en Río para estudiar. Tenía 17 años y ya era un hombre negro muy guapo. Sentí su mirada sobre mí y confieso que me sentí un poco intimidado, sin saber exactamente por qué.
Al caer la noche, después de la cena que se servía religiosamente a las ocho, mis abuelos se fueron a dormir. Por lo general se acostaban temprano, casi siempre entre las nueve y las nueve y media. Yo siempre me quedaba hasta más tarde viendo la televisión en la sala, siempre solo, pero a partir de esa fecha, ya no. Yo estaba sentado en la alfombra, como de costumbre, y él sentado en el sofá. Hablamos sobre los programas de la tele y, cuando me di cuenta, ya estaba sentado junto a mí en la alfombra. Ese primer día todo fue normal. Vimos el programa de televisión y, al terminar, nos fuimos a dormir.
Después de una semana con Marco Antonio como nuevo residente, ya me había acostumbrado a tenerlo como compañía para ver la tele.
Una noche calurosa, fui a la cocina a beber agua y, cuando volvía, tropecé y me lastimé el pie. Entré en la sala cojeando y quejándome del dolor en el pie. Marco Antonio, al notar mi dificultad para caminar, se levantó y vino a ayudarme. Se sentó en el sofá y me tiró de mí, haciendo que me sentara en su regazo. Con la mano izquierda me sujetaba y con la derecha me masajeaba el pie lastimado, mientras me hacía contarle lo que había pasado. Llevaba unos shorts anchos y, sentado sobre sus piernas, sentí cómo el volumen de su pene iba creciendo. Cada vez más abultado, su pene quedaba justo entre mis nalgas y la sensación que aquello me producía me pareció muy buena, aunque me dejaba un poco cortado. Pasado un rato decidí levantarme y volver a mi sitio habitual, pero alcancé a ver de reojo lo grande que era el pene bajo aquellos shorts. Al terminar el programa nos fuimos a dormir, cada uno en su cuarto.
Debían de ser más o menos las dos y media de la madrugada cuando me desperté con Marco Antonio sentado en el borde de mi cama. Antes de que yo dijera nada, me hizo una seña de silencio, sacó su pene del short y me hizo agarrarlo. Me quedé totalmente sin reacción y asustado, y él, aprovechándose de ese momento, hizo que empezara a pajearlo, guiando mi mano con movimientos a veces rápidos, a veces lentos. En los movimientos lentos hacía que mi mano acariciara la punta de su pene y así empecé a notar su glande, grande, puntiagudo y todo pegajoso, porque estaba muy excitado. De repente me levantó y, haciéndome sentar en la cama, me susurró al oído pidiéndome que abriera la boca. Sin darme cuenta obedecí, y en cuanto lo hice me metió su pene en la boca, y así pude sentir el sabor de ese juguito pegajoso que me gustaba sentir deslizarse en la punta de los dedos. Me pareció saladito y me gustó el sabor. Empezó a orientarme sobre cómo debía chupárselo, a pasar la lengua por la punta de la verga, a apretarlo con la mano masajeando hacia arriba para sacar más semen, después de que supo que me había gustado el sabor. De repente me pidió que parara y salió corriendo del cuarto, interrumpiendo aquel momento que yo empezaba a disfrutar muchísimo, dejándome allí sin entender muy bien lo que había pasado.
Amaneció y el día pasó lentamente, porque yo estaba ansioso por la llegada de la noche y, cuando por fin llegó el momento en que nos quedamos a solas en la sala, yo sentado en la alfombra y él esta vez en el sofá. Pasaron los minutos y de repente se levantó, fue hasta la puerta de la sala para asegurarse de que mis abuelos ya estuvieran durmiendo, volvió y me tomó de la mano, sentándose en el sofá y haciendo que yo me sentara en su regazo. Con el rostro muy cerca del mío me pidió disculpas, explicándome que había salido corriendo de mi cuarto porque no quería correrse delante de mí. Hizo eso porque no quería asustarme. Me explicó qué era el esperma, de qué estaba compuesto y cuál era la diferencia entre el esperma y el semen, y que hoy me lo iba a enseñar. Escuché sin decir nada, pero sintiendo aquella polla volverse grande y dura y yo sentado sobre ella, sintiéndola latir caliente tan cerquita de mi culito.
Entonces me hizo sentarme en la alfombra, se bajó los shorts y ahí pude ver el tamaño, el grosor y aquel maravilloso color negro, con la cabezota puntiaguda totalmente mojada. Luego me hizo ponerme de rodillas y, con la mano sobre mi cabello, cariñosamente me hizo mamársela, haciendo que mi cabeza subiera y bajara y tragando lo más que podía aquella pija enorme. Intenté quedarme así el mayor tiempo posible, hasta el momento en que tuve que decir:
- Me está doliendo la boca.
Entonces aflojó la presión sobre mi cabeza y me permitió pasar la lengua y chupar aquel glande puntiagudo y delicioso. Seguimos así durante un buen rato y, a medida que yo se la mamaba y ya lo hacía con un enorme placer, él se iba excitando cada vez más. De repente me susurró al oído diciendo que iba a correrse, sujetó mi cabeza de forma que no tenía manera de sacar su polla de mi boca, hasta que sentí un chorro caliente y espeso llenándome la boquita. Era tanta leche que terminé dejando que se me escurriera por la comisura de los labios, pero conseguí tragarme la mayor parte. Pero era placentero sujetarle los muslos mientras me la metía por la garganta, así que acelerando él iba soltando porrazo tras porrazo, incluso intenté apartarme, pero en vano; me forzaba a tomarlo todo, sin quejarme. Chorros y chorros de un leche caliente, sabor amargo y yo con una inconsciente gana de dar.
Él se quedó allí, viéndome seguir chupándole la polla, dejándola sin el menor resto de semen.
Le chupé durante varias noches más, siempre tragándome su lechita, hasta el día en que empezó a meterla en mi culito... Pero eso es otra historia.
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